La Coctelera

ciberia

3 Junio 2008

6:10 am (una hora menos en Canarias).

"El quedarse en el mismo lugar durante demasiado tiempo puede producir una acumulación de pésimos sedimentos, fermentos, mohos, podredumbres. Una señal inequívoca de que ha llegado la hora de ponerse en camino, emprender un viaje, sentir el viento en la cara y respirar aire puro".

Ryszard Kapuscinski.

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1 Junio 2008

Come back.

Llovía en Madrid el día de mi regreso, cuando salimos del aeropuerto, alrededor de las 13 h de un miércoles, situado en el epicentro de la semana. Los miércoles son días simpáticos porque uno siente que ha traspasado el umbral del comienzo laboral y porque si te sitúas en su extremo inferior -alrededor de las 20 h-, atisbas el fin de semana en la lejanía, como se intuye la costa africana desde las Canarias; puede que no se vea nítidamente, pero se sabe que su perfil es incipiente.

Desde la ventana del piso en el que nos alojamos en Las Palmas se veía el mar, situado a tan sólo unos escasos 50 m de nosotras. Por la mañana me despertaba la primera -todos conocemos mi naturaleza insomne- y bajaba a comprar bollería fresca para desayunar. Antes de llegar a la cafetería desviaba mi camino para decirle buenos días al océano, contemplar cómo se desperezaban las olas chocando contra la orilla vomitando espuma con olor a salitre, que a mí me parece que huele a red de pescar y a barba rala. A esas horas el mar es de color azul oscuro, lapislázuli, moteado de brillos espumosos, como si fuera un reflejo de la noche estrellada. A esas horas del alba sólo algunas personas pululaban por la playa, entre ellas yo. Me caían simpáticas a priori, probablemente porque los presumía insomnes y sensibles como yo. Quizá también porque no crucé palabra con ellas, evitándome así irritabilidades matutinas.

Uno de los mayores placeres/ órdenes que incluyo en mi lista de "Consignas para hedonistas vulnerables" es la de remangarte los bajos de los pantalones y caminar -mejor solo- por la orilla del mar, dejando una coreografía de huellas a tu paso, arbitraria o creativa, eso depende del tiempo y del sentido del ridículo. Yo caminaba en línea recta unos metros y después zigzagueaba para sacar locas a las olas que desperezándose lamían la impronta de mi pies, como un amante ansioso y torpe. Al poco me los secaba en la arena, me calzaba las chanclas y caminaba presurosa, pensando ahora en otro olor irresistible, que es el de un croissant recién horneado. Sólo el olor a sexo, también recién horneado, me faltaba algunas de esas mañanas.


Han sido días canallas -me ahorro el juego de palabras facilón con las islas-, intensos, sensuales, divertidos, reveladores y febriles. Días en tecnicolor y a ratos en sepia, días derrochadores, lascivos algunas veces y otras ávidos de contemplar la puesta de sol apoyando mis ojos en otros ojos y mi mano danzando sobre otra piel.

La escasez de horas de sueño propició que al tercer día ya albergara una memoria histórica importante, ahora que está tan de moda, un back-up emocional repleto y muchas agujetas, algunos moratones y ganas de más. Está bien eso de tirarse a la piscina sin que sea metafórico. Y me encanta la arena volcánica, mucho más que la arena blanca, la convencional, como me gusta más el presente que me rodea que el presente que pudo ser a un océano de distancia, aunque a veces gire la cabeza hacia atrás en un ejercicio que en el fondo es puro vicio, vicio sentimental. Soy lo que soy.

El regreso afortunadamente ha sido más que grato, porque sigo contemplando el mar en otros ojos.

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18 Mayo 2008

V de vacaciones.

Robinson Crusoe tomaba el sol a la orilla del mar, como cada día desde hace 36 años. ¡Viernes, viernes! -llamó a gritos al salvaje que le acompañaba en su retiro, pagado por el Inserso- ¿Qué es eso que atisbo en la lejanía? ¿Ese puntito del horizonte que parece acercarse más y más? Uhm, juraría que son cinco esculturales hembras, mi amo. Lo veo en los contornos -apuntó el salvaje sonriendo con cara de celebración.
¿Hembras? -rugió el naúfrago. Tendremos que avisar a tus familiares para que las reciban como se merecen.
Pero mi amo, mis parientes son caníbales -el salvaje miró con extrañeza al hombre del que estaba enamorado-. Pues por eso, mi asilvestrado amigo. Para que se las coman.

Entretanto, las mujeres charlaban animadamente sobre sus vacaciones paradisíacas y sobre los autóctonos del lugar que las esperarían, sin duda, con los brazos abiertos.

(Continuará).

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16 Mayo 2008

De órdago.

La resaca de alcohol bloquea los circuitos neuronales, como si se me hubiera borrado el disco duro que albergo en mi cráneo, quedando sólo algunos recuerdos, los más innecesarios y además los pisotea con ímpetu como si hubieran abierto en uno de mis hemisferios una sucursal de El Corral de la Morería, regentada por un ex-luchador de sumo reconvertido a bailaor. Ayer me bebí la pradera de San Isidro, me bebí la terraza del Dos de Mayo, me bebí un concierto inclasificable, me bebí el último garito y llegué a casa con el ilustre honor de ser la última. Nunca tuve vocación de primera de la clase.

No he ido a trabajar en un ejercicio de irresponsabilidad sin precedentes, y ahora Pepito (Grillo) me está abrasando la oreja con muy malos modos. Tengo cosas que hacer, cosas reales y tangibles que puedo posponer o puedo afrontar. Se trata de escoger entre sentirme bien ahora echándome una siesta por ejemplo y expulsar a Pepito (Grillo) con cajas destempladas de mi pabellón auditivo o invitarle a un café y que me sermonee mientras cumplo con mis deberes domésticos.

Hagan sus apuestas.

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13 Mayo 2008

Domótica.

A las 9.30 del día de mañana, dos hombres altos y con unos cuerpazos de escándalo -la imaginación es libre-, algo sudorosos -pero recién duchados-, probablemente extranjeros -al menos uno de ellos- y presumiblemente solícitos con una chica soltera, llamarán a la puerta de mi apartamento para proceder a instalar un aparato de aire acondicionado que contribuirá a hacerme el verano más llevadero. El aparato (de aire) es gigantesco, tan grande que dentro de él bien pueden caber un lote de vientos variados: algo de cierzo seco, un poco de tramontana, unos aullidos de galerna y en el modo bomba de calor un surtido de alisios, sirocos y solanos. Casi hasta cabe un depósito donde incluir efectos especiales como masas de aire frío, nubes altas y otros fenómenos climatológicos a domicilio. O a Paco Montesdeoca perfectamente plegado. Mi felina dormita ahora sobre la caja de Pandora que alberga al gigante eólico-mecánico.

Me fascinaría chascar los dedos y que las luces se apagaran, o que fueran sensibles a mi estado de ánimo o a la circunstancia. Imaginémonos que llego a acasa acompañada de un apuesto maromo y que la urgencia del amor, mejor dicho del sexo, no nos permite perder el tiempo en tales fruslerías. Mi apartamento inteligente captaría el grado de excitación y bajaría las luces hasta una tonalidad anaranjada, que me hiciera parecer más morena y apetitosa doquiera que se me mirase. Comenzaría a sonar una música melosa, propicia para la carnal ocasión y las paredes esponjarían el aislante de sus entrañas para que mis vecinos no escucharan los sonidos guturales del placer. Soplaría una suave brisa marina con rumor de olas y se ajustaría el grado de humedad.

O para esos domingos en los que lluvia y soledad son una misma cosa, sería fantástico si un viento cálido se colara por los espacios libres, las luces brillaran en modo sol de justicia, e incluso los interruptores y el equipo de música al unísono me ofrecieran un espectáculo audiovisual a domicilio, encendiéndose y apagándose para ofrecer una coreografía doméstica. Quizá también podría intervenir la vitrocerámica, en un aporte de sofisticación. Los azulejos del cuarto de baño se autolimpiarían y los pelos de la gata se acumularían en una sola pelusa, empujados por cierto grado de electricidad estática inteligente.

No me importaría ser una ciborg (de cuerpo perfecto), siempre y cuando el corazón continuase sintiendo y pudiera tener orgasmos.

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12 Mayo 2008

Vísperas.

La impaciencia no es una virtud, pensó ella, mientras contaba los minutos que le acercaban a la hora de salida del trabajo, las horas que habían pasado desde que él se fue, las que quedaban para que partiese ella, las que tenían que pasar para que fuese apropiado llamarle, los días que faltaban para el encuentro entre las cinco amigas, los meses que hacía que no le veía, los años que llevaba sin pensar en plural, el tiempo que aún tenía que tragarse al tiempo para que ella pudiera cerrar con doble llave la puerta de casa, subir en un avión de alas grandes y llenas de plumas y desde sus tripas contemplar las nubes que le transportarían hasta el borde mismo del océano. Al llegar caminaría a su encuentro, entonces sí sola, mucho mejor, al menos durante un tiempo, el suficiente para que la espuma del mar la volviera a reconocer, se cambió el pelo hace unos meses y esas cosas se notan. Ella se acercaría, dejando huella, a veces pensaba que no dejaba tanta huella en algunos corazones como le gustaría, pero aquí, en la orilla del mar, lo olvidaba todo y además hasta un tonto dejaría la marca de su camino sobre la arena mojada. La espuma se acercaría sinuosamente a darle la bienvenida, empujada por el oleaje marino, algo cansado del atardecer y de los turistas ingleses y alemanes, los que más abundaban, de mecer sus barrigas inmensas y sus carnes flácidas de jubilados ociosos. El agua burbujeante haría un esfuerzo para colarse entre sus dedos, mezclándose con la arena volcánica formando grumos de oscuro barro que desaparecerían empujados por la marea otra vez, borrando los vestigios de otras pisadas, sobrantes, porque era a ella a quien estaba recibiendo. Ella estaría descalza, obviamente, y miraría la línea del horizonte respirando hondo y justo entonces, en el momento en que el sol de la tarde se proyectase completamente sobre su cuerpo, como un amante exhausto, ella se dejaría despeinar por la brisa marina, respiraría hondo y dejaría de contar. En ese momento perdido, se detendría el tiempo.

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11 Mayo 2008

Etienne de Crecy.

Una instalación absolutamente fascinante, compuesta de una estructura cúbica iluminada, para el espectáculo de este deejay parisino que podré disfrutar en el próximo Summercase. Ha sido realizada por un colectivo llamado Exyzt. Me la descubrió el chico curioso.

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8 Mayo 2008

Good bye, salmorejo.

SALMOREJO (by Ciberia):

Pan del día anterior (preferiblemente de pueblo)
Tomates maduros
Aceite de oliva virgen
Ajo (sin corazón)
Sal

Tenía que suceder que, siendo como soy una mujer de ímpetus, de las que acostumbran a patinar emocionalmente, agarradas al guardabarros de algún corazón de segunda o tercera mano, siendo insomne y, por ende, madrugadora y, por ende, noctámbula, siendo despistada, de buen comer y mejor beber y amiga de sus amigos hasta el infinito, siendo alguien a quien le gusta tanto mirar el cielo azul que a veces los pulmones se me tiñen de añil, siendo así tenía que pasarme lo que me ha pasado esta mañana, mientras la lluvia plateada golpeaba en los cristales y despertaba a medio Madrizzz. Por excesiva.

El caso es que, cuando ha sucedido lo que voy a narrar en breves, apenas he alterado un músculo o he hecho ningún aspaviento. No la he emprendido a golpes con los objetos que me rodeaban ni tampoco he increpado a mi felina, único testigo del infierno rojo. Aún me quedaban ecos de carcajadas de los días pasados en Soria con mis íntimos y debía de albergar todavía en mi interior algún resquicio de la dulzura que emanaba mi sobrinita el día de su comunión. Tan linda y tan seria. Digo yo. Porque si no, si hubiera venido a mi cabeza la carta recibida por el Arzobispado de Osma-Soria, en respuesta a mi solicitud de apostasía, si en ese preciso instante en que la debacle culinaria ha tenido lugar hubiera pensado en la jeta del vicario firmando la desabrida misiva, probablemente hubiera aparecido en forma de suceso doméstico en Gente o algún pseudoprograma similar. Mis quince segundos de fama, merecidos, como veréis.

Ayer iba a cenar con Landa, un ángel de ojos verdes y nombre maravilloso, una amiga a quien conocí en mis años tardíos de universidad, diez años menos que yo aunque sospecho que mucho más sabia en algunas lides de la vida. El caso es que ambas estábamos derrotadas y decidimos posponer la cenita y tomarnos sólo una caña, sin parar de hablar por supuesto. Por una vez ella más que yo. Por una vez alguien más que yo, podría decir también. Era su cumpleaños, así que era de ley.

Así que subí a casa antes de lo planeado, cené algo ligero y proteínico y después de mis pertinentes abluciones me hice un canuto, cogí mi último libro y me fui a la cama, porque -pensé- ¿qué hacer levantada pudiendo crear un universo nocturno a mi medida sobre 1,40 m? Y cenicero-mechero-canuto, botella de agua, felina, libro, periódico, portátil y yo cambiamos de escenario. Y una lámpara cenital situada estratégicamente me dio luz y calor, como un abrazo en la playa.

Menos de diez minutos más tarde mi idílico escenario estaba en tinieblas y yo profundamente dormida. Soy insomne -repetimos- quizá sea por eso que cuando veo venir a ese hombre esquivo e inestable que es mi sueño, me agarro a su cuello y le doy un beso de tornillo con el que literalmente nos desmayamos ambos. Luego se pira, en mitad de la noche, como casi todos los hombres de mi vida. Una vez quedé con mi vecino -sí Chipi, yo sí tengo un vecino apolíneo- para que me dejara en casa una china de porros, -tiene llaves-, ya que yo no estaría. Al final resultó que no salí y que me fui a dormir y tenía tanto sueño que no me detuve a pensar en que él vendría. Bien, él vino, entró y se sobresaltó al oír ruidos (espero que no ronquidos) procedentes del dormitorio -casi es una única estancia-. Me dejó la china, apagó la luz y salió sigilosamente. Yo no me enteré de nada. Bien podría haberse aprovechado de mí. Bien podría.

Ya, ya, ya bajo de la rama del árbol, y doy un salto hasta mi cocina en esas horas del alba en que los pájaros me acompañan y me ayudan a tender la ropa. He madrugado, ¿las siete es madrugar? No sé, ya he perdido el norte horario, a veces a las siete de la mañana empieza para mí la noche. Y he decidido hacerme salmorejo, que me encanta, me fascina y me apetece constantemente, tanto como me apetece echar un buen polvo. He puesto a remojar pan de pueblo que ayer dejé, a propósito, en la encimera. Mientras se hacían unos largos las rebanadas en el barreño de agua he descuartizado a los tomates, he colocado la batidora de jarra en la posición idónea para que funcione -no es asunto baladí-, he arrimado amorosamente al salero con el aceite de oliva virgen y he dejado sin corazón a un diente de ajo, con cierta saña pero sonriendo, relajada.

Después y con infinito gusto he colocado en la jarra taimada ora rebanadas de pan de hogaza húmedas y blanditas, ora tomates desangrándose. Finalmente el aceite, la sal de la vida y el pequeño y descorazonado ajo. La máquina se ha encargado de que fueran uno, de un precioso color salmón y líquido, demasiado de hecho. Como rebosaba he decidido parar el fascinante proceso y vaciar un poco en una jarra aparte. Al hacerlo he pensado que quizá estaba demasiado líquido y necesitaba un poco más de miga. Y entonces ha ocurrido algo entre mis manos y el maldito cachivache, alguna reyerta biónica o quién sabe qué demonios ha pasado, para que la parte inferior de la jarra, que la sustenta, se abriera de pronto ante mis ojos y un torrente de salmorejo rojo y demasiado líquido, lo inundara todo, como si mi cocina fuera Pompeya y la maldita jarra el Vesubio, armarios, paredes, tazas, vasos, escoba, frigorífico, sillas plegables, suelo, camiseta, zapatillas, ojos, boca, brazos y piernas cubiertos de salmorejo, apestoso salmorejo. Huelga decir que nadie ha venido a ver qué pasaba.

Menos mal que yo no le echo vinagre. ¿Qué hubiera sido entonces de mi sentido del humor?

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