“En el futuro, todos seremos mundialmente famosos durante 15 minutos”.
Andy Warhol.

Un blog es un reducto de egocentrismo globalizado, el sonrojo de la discreción, un diario sin candado, una mesa de operaciones emocional, una memoria externa o la copia de seguridad de nuestros recuerdos relevantes. La diferencia con respecto al disco duro interno que alberga nuestro cráneo es que aquí seleccionamos aquello acerca de lo que queremos tener la mayor cantidad de detalles. No lo contamos todo. Yo no, al menos. Me reservo algunas piezas para que nadie pueda terminar el puzzle de Ciberia. Un puzzle terminado ya no tiene sentido alguno. Lo de ponerle pegamento y enmarcarlo es sencillamente ridículo.

Sin embargo, algunas anécdotas se insinúan todo el tiempo, intentan convencerte de ser contadas, para retroalimentar la naturaleza ególatra de ésta mi memoria virtual. Aunque en el fondo me despierte sentimientos vergonzantes, como si estuviera mendigando admiración. Nada más cerca.

Era jueves, alrededor de las 15 h. Alfa, Beta y yo buscábamos un sitio donde comer cercano al Palais des Festivals donde se celebra el anhelado certamen de publicidad. La mañana había sido interesante, la presentación de nuevos directores creativos de la agencia Saatchi& Saatchi de Londres fue brillante. Ver tanto talento provoca una punzada en la boca del estómago y te obliga a abrir la boca, lo que te da un aspecto lamentable, que se disimula aplaudiendo con ritmo y sonoridad de grupo y moviendo la cabeza en todas las direcciones. Esas cosas distraen.

Nos decidimos por un restaurante a pie de playa, informal y cómodo pero también elegante y sofisticado. En perfecto equilibrio con nuestras personalidades. Pertenecía a un hotel lujoso, hecho que ignoramos por completo hasta que nos sentamos en la mesa. Afortunadamente, ninguna teníamos que preocuparnos por la cuenta. Alfa y beta leían el menú de la entrada, yo juguetaba con la cámara de fotos. Un chico y una chica se acercaron sin que me diera cuenta. La chica me abordó directamente, preguntándome si sabía hablar inglés, a lo cual respondí con una sonrisa forzada y un "just a little". Se llamaba Mariana y era una brasileña impetuosa, que gesticulaba muy deprisa. El chico era japonés, discreto y con cierto halo friki (o quizá ser japonés lo lleva implícito).

Representaban a Brasil en el concurso Young Lions, aspiraban a obtener un león en la categoría de TV, tenían 48 horas para llevarlo a cabo y yo encajaba perfectamente -me adularon con insistencia- para el papel protagonista de su spot. No tendría que cambiar nada de mi estética, ni siquiera maquillarme. La propuesta consistía en irme con ellos y el resto de personas que actuaban como extras. Se rodaba en "La Casa Burbuja" de Pierre Cardin -jamás hasta entonces había oído hablar de ella- y apenas me robarían dos horas -en realidad fueron más de cuatro-. Para recompensarme -no me podían pagar obviamente- me invitaban esa misma noche a una fiesta VIP, celebrada en ese mismo espacio, con actuación privada de Morcheeba. Alfa y Beta me animaban excitadísimas, yo trataba de entender la conversación y estaba algo desconcertada, así que les pedí diez minutos, que me fueron concedidos sin cesar de insistirme con halagos en que yo era la persona que buscaban. Más tarde entendí el porqué.

Llamé por teléfono a Gamma para contárselo; hubiera llamado hasta al rey, pero como el teléfono sí lo pago yo, me decidí por él, sus ojos azules y su sonrisa ocupan estos días la mayoría de mis creativos pensamientos. Mi comida fue frugal, el nudo de nervios me había llenado el estómago como si tuviera una reunión de ejecutivos vociferando dentro y además tenía prisa. Mariana me llamó enseguida y aún si verla imaginé vívidamente el movimiento nervioso de sus muñecas, y detrás de ellas su brazos alocados apuntando en todas direcciones, al confirmarle mi participación. Quedamos a la entrada del Palais en apenas media hora. Alfa y Beta me despidieron contentísimas, estaban más alteradas que yo, me animaban y deseaban suerte. Saben que soy una carpe diem sin remedio.

Acudí presurosa, Mariana me explicó agitadamente lo que tenía que hacer. Mi inglés fluía minuto a minuto como el chorro de un grifo abierto totalmente pero con las tuberías atrampadas: a trompicones y con cierta resonancia gutural. Se trataba de promover la idea de la importancia que tiene no derrochar las fuentes de energía naturales, sino utilizarlas de manera sensata. Transmitir un concepto amigable y cool de un modo de vida ecológico, dirigido a un target joven e insensato. El concepto de los brasileños -a mi juicio enrevesado- consistía en mostrar cómo las personas que acudían a bailar a un club nocturno generaban, a través de su baile, la energía necesaria para mantener la fiesta activa. El mensaje de cierre lo ignoro, aún no he visto el anuncio terminado. Pero imagino que algo así como "lo que mueve el mundo eres tú" o "conservar la energía es cool" o similares.

Yo era la clubber que estaba en la puerta del garito contándole ese rollo a cuantos acudían a bailar. Sí amigos, con mi bagaje cultural y mi vocabulario redicho, mis quince minutos de fama, esos que Andy Warhol magnánimamente nos concedió, los viví como icono de la modernez noctámbula. No me pesa, la realidad es que mi estética no llama precisamente a interpretar a una maestra de provincias.

Apenas conocí a todos los participantes, en su mayoría brasileños, hombres y simpáticos, nos dividimos en dos coches. Me dormí como un tronco durante el trayecto, viajando con cuatro desconocidos y con mi primera -y probablemente última- experiencia como actriz como futuro inmediato. Ha sido la prueba evidente de mi capacidad de adaptación a cualquier circunstancia y de mi ausencia de pánico escénico. Y también de mi preocupante confianza en la especie humana. Los pocos minutos que no daba cabezadas mis ojos contemplaban un paisaje de villas construidas sobre el verdor frondoso de las montañas, a pie de costa, con el mar azul cobalto salpicado de barquitos blancos como si fueran trocitos de nubes extraviadas. La maldita cámara encendió la señal de batería baja para fastidiarme.

A pesar de que Julie, una encantadora francesa que se ocupaba del making off me avisó, no podía imaginarme el lugar increíble donde íbamos a rodar. "La Casa Burbuja" es una construcción retro futurista alucinante, que rompe con el paisaje límpido y sosegado de la apacible costa francesa. Construida por el diseñador Antti Lovag en los años setenta, parte de la idea de la agresividad de los ángulos, sus formas son sinuosas, apenas tiene habitaciones y las estancias se separan por puertas ovaladas. La luz penetra a través de fantásticos ventanales y si de mi dependiera, me hubiera quedado a vivir allí para siempre.

Mariana nos organizó rápidamente, intercambiando miradas con el japo, que asentía de manera sumisa. A mí me colocaron en la puerta de una de las habitaciones, como si fuera la entrada de un club nocturno y el resto de los chicos iban pasando de uno en uno, como si quisieran acceder al local imaginado. Yo tenía que ir parándoles y preguntarles "Are you dancing tonight?" Ante su extrañeza yo soltaba el rollo energético, les pedía una demostración de baile y finalmente les dejaba pasar. Repetimos varias veces, nos fuimos relajando, yo me sentía cada vez más clubber y mi sentido del ridículo se ahogó en el Mediterráno. Después rodamos un par de escenas más en una amplia sala, que hizo las veces de pista de baile. Afortunadamente no tuve que bailar. Hubiera sido tirar de la cuerda demasiado. Fue divertido y a esas alturas y tras reconciliarme con la cámara, que me permitió dejar una aceptable prueba fehaciente de que aquello no era un delirio publicitario, estaba pletórica y sujetándome las ganas de llamar al mundo entero para contárselo. Tiré de sms, tecleado a ritmo de música progresiva.

Además de nosotros, un equipo de montaje pululaba con los preparativos de la fiesta. Los montadores parecían afables, nos sonreían y yo me sentía, con razón, en una burbuja. Cuando terminamos aún tardamos un rato en irnos, así que me paseé a mis anchas por todas partes, parpadeando a ritmo de disparo fotográfico. Mi memoria lo registró todo en modo automático. No necesité flash con ese derroche de luz natural.

Me dejaron en el Palais de nuevo y caminé paseando hasta el hotel. Me sentía extrañamente relajada y ajena a mi vida, y en cierta manera orgullosa de mí misma. También muy afortunada, la vida me sonríe con frecuencia y me enseña una dentadura impecable, donde puedo verme reflejada, sonriendo también. A pesar de lo tentador de la invitación a la fiesta, decidí no ir. No conseguí que apuntaran a Alfa y Beta también. Y además al día siguiente me esperaba la short list. Y más tarde ya en mi Madriz me esperaba Gamma. Ya nada es lo mismo y eso me gusta. Me alivió enterarme de que Morcheeba en directo no mola tanto. Y las cinco horas seguidas de spot que visualicé el viernes me terminaron de convencer de que la decisión fue más que acertada.

Todavía no tengo en mi poder el spot, del que hicimos una versión extra en español. Lo que sé es que no ha obtenido ningún premio. Aunque lo tuviera no lo pondría lógicamente. Y en realidad no sé si quiero verlo, prefiero quedarme con el recuerdo fluorescente de que una vez en Cannes, sin pisar la alfombra roja, me sentí como una auténtica estrella.

Young Lions Films