Llovía en Madrid el día de mi regreso, cuando salimos del aeropuerto, alrededor de las 13 h de un miércoles, situado en el epicentro de la semana. Los miércoles son días simpáticos porque uno siente que ha traspasado el umbral del comienzo laboral y porque si te sitúas en su extremo inferior -alrededor de las 20 h-, atisbas el fin de semana en la lejanía, como se intuye la costa africana desde las Canarias; puede que no se vea nítidamente, pero se sabe que su perfil es incipiente.

Desde la ventana del piso en el que nos alojamos en Las Palmas se veía el mar, situado a tan sólo unos escasos 50 m de nosotras. Por la mañana me despertaba la primera -todos conocemos mi naturaleza insomne- y bajaba a comprar bollería fresca para desayunar. Antes de llegar a la cafetería desviaba mi camino para decirle buenos días al océano, contemplar cómo se desperezaban las olas chocando contra la orilla vomitando espuma con olor a salitre, que a mí me parece que huele a red de pescar y a barba rala. A esas horas el mar es de color azul oscuro, lapislázuli, moteado de brillos espumosos, como si fuera un reflejo de la noche estrellada. A esas horas del alba sólo algunas personas pululaban por la playa, entre ellas yo. Me caían simpáticas a priori, probablemente porque los presumía insomnes y sensibles como yo. Quizá también porque no crucé palabra con ellas, evitándome así irritabilidades matutinas.

Uno de los mayores placeres/ órdenes que incluyo en mi lista de "Consignas para hedonistas vulnerables" es la de remangarte los bajos de los pantalones y caminar -mejor solo- por la orilla del mar, dejando una coreografía de huellas a tu paso, arbitraria o creativa, eso depende del tiempo y del sentido del ridículo. Yo caminaba en línea recta unos metros y después zigzagueaba para sacar locas a las olas que desperezándose lamían la impronta de mi pies, como un amante ansioso y torpe. Al poco me los secaba en la arena, me calzaba las chanclas y caminaba presurosa, pensando ahora en otro olor irresistible, que es el de un croissant recién horneado. Sólo el olor a sexo, también recién horneado, me faltaba algunas de esas mañanas.


Han sido días canallas -me ahorro el juego de palabras facilón con las islas-, intensos, sensuales, divertidos, reveladores y febriles. Días en tecnicolor y a ratos en sepia, días derrochadores, lascivos algunas veces y otras ávidos de contemplar la puesta de sol apoyando mis ojos en otros ojos y mi mano danzando sobre otra piel.

La escasez de horas de sueño propició que al tercer día ya albergara una memoria histórica importante, ahora que está tan de moda, un back-up emocional repleto y muchas agujetas, algunos moratones y ganas de más. Está bien eso de tirarse a la piscina sin que sea metafórico. Y me encanta la arena volcánica, mucho más que la arena blanca, la convencional, como me gusta más el presente que me rodea que el presente que pudo ser a un océano de distancia, aunque a veces gire la cabeza hacia atrás en un ejercicio que en el fondo es puro vicio, vicio sentimental. Soy lo que soy.

El regreso afortunadamente ha sido más que grato, porque sigo contemplando el mar en otros ojos.