Robinson Crusoe tomaba el sol a la orilla del mar, como cada día desde hace 36 años. ¡Viernes, viernes! -llamó a gritos al salvaje que le acompañaba en su retiro, pagado por el Inserso- ¿Qué es eso que atisbo en la lejanía? ¿Ese puntito del horizonte que parece acercarse más y más? Uhm, juraría que son cinco esculturales hembras, mi amo. Lo veo en los contornos -apuntó el salvaje sonriendo con cara de celebración.
¿Hembras? -rugió el naúfrago. Tendremos que avisar a tus familiares para que las reciban como se merecen.
Pero mi amo, mis parientes son caníbales -el salvaje miró con extrañeza al hombre del que estaba enamorado-. Pues por eso, mi asilvestrado amigo. Para que se las coman.

Entretanto, las mujeres charlaban animadamente sobre sus vacaciones paradisíacas y sobre los autóctonos del lugar que las esperarían, sin duda, con los brazos abiertos.

(Continuará).