SALMOREJO (by Ciberia):

Pan del día anterior (preferiblemente de pueblo)
Tomates maduros
Aceite de oliva virgen
Ajo (sin corazón)
Sal

Tenía que suceder que, siendo como soy una mujer de ímpetus, de las que acostumbran a patinar emocionalmente, agarradas al guardabarros de algún corazón de segunda o tercera mano, siendo insomne y, por ende, madrugadora y, por ende, noctámbula, siendo despistada, de buen comer y mejor beber y amiga de sus amigos hasta el infinito, siendo alguien a quien le gusta tanto mirar el cielo azul que a veces los pulmones se me tiñen de añil, siendo así tenía que pasarme lo que me ha pasado esta mañana, mientras la lluvia plateada golpeaba en los cristales y despertaba a medio Madrizzz. Por excesiva.

El caso es que, cuando ha sucedido lo que voy a narrar en breves, apenas he alterado un músculo o he hecho ningún aspaviento. No la he emprendido a golpes con los objetos que me rodeaban ni tampoco he increpado a mi felina, único testigo del infierno rojo. Aún me quedaban ecos de carcajadas de los días pasados en Soria con mis íntimos y debía de albergar todavía en mi interior algún resquicio de la dulzura que emanaba mi sobrinita el día de su comunión. Tan linda y tan seria. Digo yo. Porque si no, si hubiera venido a mi cabeza la carta recibida por el Arzobispado de Osma-Soria, en respuesta a mi solicitud de apostasía, si en ese preciso instante en que la debacle culinaria ha tenido lugar hubiera pensado en la jeta del vicario firmando la desabrida misiva, probablemente hubiera aparecido en forma de suceso doméstico en Gente o algún pseudoprograma similar. Mis quince segundos de fama, merecidos, como veréis.

Ayer iba a cenar con Landa, un ángel de ojos verdes y nombre maravilloso, una amiga a quien conocí en mis años tardíos de universidad, diez años menos que yo aunque sospecho que mucho más sabia en algunas lides de la vida. El caso es que ambas estábamos derrotadas y decidimos posponer la cenita y tomarnos sólo una caña, sin parar de hablar por supuesto. Por una vez ella más que yo. Por una vez alguien más que yo, podría decir también. Era su cumpleaños, así que era de ley.

Así que subí a casa antes de lo planeado, cené algo ligero y proteínico y después de mis pertinentes abluciones me hice un canuto, cogí mi último libro y me fui a la cama, porque -pensé- ¿qué hacer levantada pudiendo crear un universo nocturno a mi medida sobre 1,40 m? Y cenicero-mechero-canuto, botella de agua, felina, libro, periódico, portátil y yo cambiamos de escenario. Y una lámpara cenital situada estratégicamente me dio luz y calor, como un abrazo en la playa.

Menos de diez minutos más tarde mi idílico escenario estaba en tinieblas y yo profundamente dormida. Soy insomne -repetimos- quizá sea por eso que cuando veo venir a ese hombre esquivo e inestable que es mi sueño, me agarro a su cuello y le doy un beso de tornillo con el que literalmente nos desmayamos ambos. Luego se pira, en mitad de la noche, como casi todos los hombres de mi vida. Una vez quedé con mi vecino -sí Chipi, yo sí tengo un vecino apolíneo- para que me dejara en casa una china de porros, -tiene llaves-, ya que yo no estaría. Al final resultó que no salí y que me fui a dormir y tenía tanto sueño que no me detuve a pensar en que él vendría. Bien, él vino, entró y se sobresaltó al oír ruidos (espero que no ronquidos) procedentes del dormitorio -casi es una única estancia-. Me dejó la china, apagó la luz y salió sigilosamente. Yo no me enteré de nada. Bien podría haberse aprovechado de mí. Bien podría.

Ya, ya, ya bajo de la rama del árbol, y doy un salto hasta mi cocina en esas horas del alba en que los pájaros me acompañan y me ayudan a tender la ropa. He madrugado, ¿las siete es madrugar? No sé, ya he perdido el norte horario, a veces a las siete de la mañana empieza para mí la noche. Y he decidido hacerme salmorejo, que me encanta, me fascina y me apetece constantemente, tanto como me apetece echar un buen polvo. He puesto a remojar pan de pueblo que ayer dejé, a propósito, en la encimera. Mientras se hacían unos largos las rebanadas en el barreño de agua he descuartizado a los tomates, he colocado la batidora de jarra en la posición idónea para que funcione -no es asunto baladí-, he arrimado amorosamente al salero con el aceite de oliva virgen y he dejado sin corazón a un diente de ajo, con cierta saña pero sonriendo, relajada.

Después y con infinito gusto he colocado en la jarra taimada ora rebanadas de pan de hogaza húmedas y blanditas, ora tomates desangrándose. Finalmente el aceite, la sal de la vida y el pequeño y descorazonado ajo. La máquina se ha encargado de que fueran uno, de un precioso color salmón y líquido, demasiado de hecho. Como rebosaba he decidido parar el fascinante proceso y vaciar un poco en una jarra aparte. Al hacerlo he pensado que quizá estaba demasiado líquido y necesitaba un poco más de miga. Y entonces ha ocurrido algo entre mis manos y el maldito cachivache, alguna reyerta biónica o quién sabe qué demonios ha pasado, para que la parte inferior de la jarra, que la sustenta, se abriera de pronto ante mis ojos y un torrente de salmorejo rojo y demasiado líquido, lo inundara todo, como si mi cocina fuera Pompeya y la maldita jarra el Vesubio, armarios, paredes, tazas, vasos, escoba, frigorífico, sillas plegables, suelo, camiseta, zapatillas, ojos, boca, brazos y piernas cubiertos de salmorejo, apestoso salmorejo. Huelga decir que nadie ha venido a ver qué pasaba.

Menos mal que yo no le echo vinagre. ¿Qué hubiera sido entonces de mi sentido del humor?