Era más de medianoche cuando lo escuché. Mi madre y yo hablábamos por teléfono desde hacía casi una hora. La llamé yo para leerle un editorial escrito para una revista soriana en la que colaboro habitualmente. A ella le gusta que le llame y se los lea antes de que se publiquen, dice que es como conocer lo que hay dentro del envoltorio de un regalo antes de abrirlo. Los editoriales que escribo casi siempre son miradas nostálgicas o divertidas –también críticas - a mi pasado soriano, la infancia o la adolescencia que son los períodos vividos allí. Y, claro, mi madre y mis hermanos aparecen con frecuencia citados. Eso es para ella todo un regalo: sus compañeros de trabajo le preguntan: “¿esta debe de ser tu hija ¿no Pepi?”. Y casi siempre, o eso me dice ella, le felicitan.

Mi madre trabaja como educadora en un centro de educación especial desde hace más de treinta años. Le encanta su trabajo, y “los niños” como ella los llama a pesar de que muchos rondan la tercera edad, le adoran. Cuando yo era pequeña a veces mi madre me llevaba con ella cuando tenía que pasar por allí a recoger algo o tramitar algún papeleo laboral. Para mí era horrible, nunca sabía como dirigirme a esos medio hombres, medio niños con miradas torvas y deformidades, que me agarraban la mano y me sonreían y hacían muchos aspavientos porque estaban contentos de ver a su educadora favorita. Mi madre entonces me parecía otra madre, otra persona, la descubría en un papel irreconocible para mí, y supongo que me sentía un poco celosa de que repartiese tanto amor también hacia ellos. Sonreía sin cesar, se dirigía a cada uno por su nombre o su apodo con la dulzura infinita que le caracteriza, ese hablar cantarín y meloso, les abrazaba, les daba besos y les reprendía suavemente, sabiendo exactamente qué decirle a cada uno de ellos. Yo me quedaba en un rinconcito apartada y temía el momento en que ella reparase en este hecho y me buscase con la mirada y dijese: “Pero Myriam, hija, ¿qué haces ahí? Ven aquí a saludar a los niños ¿no te acuerdas de (fulanito o menganito que por supuesto sí recordaba ¿cómo olvidarles)?

Jamás en mi casa mi madre consintió que nos insultásemos entre nosotros llamándonos “retrasado” o “subnormal” o cualquier palabra que aludiese directamente a los disminuidos psíquicos. Tengo cinco hermanos, así que los insultos creativos han sido un hecho en la batalla por la supervivencia fraternal, sin embargo teníamos muy presentes los “Insultos Innombrables”, si no queríamos ver a mi madre quitarse la zapatilla.

La conversación telefónica había dado para mucho, como siempre. Con ella hablo de prácticamente todo lo que acontece en mi vida ya desde hace muchos años. Es una extraña sensación, la de reírnos de alguna de mis andanzas amorosas y compararnos –ella tampoco tuvo ninguna suerte en el amor-, como dos amigas cualesquiera hacen, y al rato yo poner voz meliflua y con cierta resonancia infantil para quejarme de algo y que ella me devuelva palabras maternas que me haga sentir que tengo razón y que sigo siendo su niña mimada y protegida.

Si me parase a pensar la suerte inmensa que tengo de tenerla como madre probablemente me echaría a llorar de alegría y de emoción. Porque es un ángel, una heroína, una jabata, un ser sensible y atípico, melómana como no podía ser de otra manera y una luchadora que ha peleado con uñas y dientes para sacarnos adelante a su tropa. Y somos seis. Y se quedo sola, con la impagable ayuda de otro ángel que ya se fue, mi abuela, con nosotros –los seis- a los 36 años. El más pequeño tenía dos años y la más mayor doce.

Le pregunté sobre qué iba a hacer ahora que le quedan pocos meses para jubilarse. Quiero hacer muchas cosas –me contestó- quiero viajar, quizá me matricule en la Universidad de la Experiencia y aprender informática para hablar contigo por el ordenador y mirar cosas de música en Internet. Yo tengo mucha fuerza –proseguía- me siento con ganas de hacer de todo, hija, a tu madre ya sabes que no se lo pone nada por delante.

Resuenan estas palabras en mi mente esta mañana, no sé por qué. Y ahora me voy al Rastro.