No sé en qué momento decidí marcharme de Soria. Debió de ser uno de esos días gélidos en que lo único que ves de color es el intenso azul del cielo raso y el amoratado de tus nudillos. Probablemente los árboles de la Dehesa ya no tenía hojas y las Garrapinchas, las señoras del carrito de golosinas, ya se habían jubilado, trauma éste del que aún no me he recuperado, porque significó el fin de la infancia. Nostalgia de Peta-zetas con sisas previas al monedero materno. Quizá me asomé más de la cuenta a la línea del horizonte, más allá del Pico Frentes, el monte que perfila el skyline soriano a falta de rascacielos, y me gustó la sensación de pasear más de veinte metros sin saludar a alguien.
Pero la impronta patria perdura con ahínco en la memoria y un día cualquiera te sorprendes en medio de la polución urbana entreteniéndote en sacar parecidos razonables entre los transeúntes y fulanito o menganito que conoces de Soria. O comentando, junto a un íntimo amigo enmarcado también en la clasificación de Soriano Errante, la distancia recorrida entre un punto y otro de la urbe en unidades de longitud inventadas: los Collaos (es el nombre del paseo más conocido, donde se sitúa la modesta zona commercial). “He andado muchísimo, no sé cuántos Collaos me habré hecho esta tarde” –le digo sonriendo a lo ancho. Y él asiente con la cabeza y la céntrica calle se dibuja al mismo tiempo en las mentes de ambos, perfectamente nítida y en perpetuo devenir.
Otras veces cantamos sanjuaneras a destiempo, son canciones compuestas ad hoc para las Fiestas de San Juan que se celebran en junio, el santo pagano, en medio de cualquier sarao, y bailamos agarrados ante la atónita mirada de cuantos nos rodean, que jamás han escuchado esas melodías. Y bromeamos diciendo que tienen mucha suerte de tener amigos sorianos, porque, les decimos, somos raras avis y nuestros páramos se encuentran entre los más despoblados de Europa. Una excentricidad aquí, en medio de este ajetreo de brazos, piernas y vehículos.
Mi madre trata de inculcarme un amor a mi tierra que nunca he sentido, a pesar de ese fascinante paisaje yermo de parques eólicos y sierras calvas. Pero algunos días, como hoy, me despierto temprano y me recuerdo tumbada en la orilla del río Duero, sobre incómodos y flexible juncos agostados, con el sol de verano luciendo insolente en medio de un cielo azul eléctrico, no hay nubes, se escucha el murmullo del agua al deslizarse por la presa, el zumbido de los feroces tábanos y el de la suave brisa que agita levemente, como una caricia, las ramas de los árboles. De vez en cuando se oyen rumores de voces y carcajadas que se acercan y después se van alejando, entre crujidos de ramas que se quejan de ser pisoteadas y el gorjeo de algún pájaro, que a esas horas se echan la siesta para después adornar el cielo con sus coreografías de alas y plumas. Debe de ser la hora de comer, y pronto tendré que regresar al trabajo, con mi fiel Vespino trucada y achacosa, pero apuro los minutos sentada bajo un majestuoso álamo de hojas doradas, inmersa en la lectura de algún libro y esperando a que el bikini termine de secarse antes de vestirme y, entonces, sí, amando en secreto a esos parajes arrabaleros que me ofrecen tanta belleza y quietud y ahora también, añorándolos.

Ten buen dia
Por mas que busques los rios de tu Madriz no son para nereidas de altura¡
Iba yo encandilado, recreándome en los retazos que de nuestra tierra amada has desgranado, cuando de repente leo; "...más allá del Pico Frentes, el monte que perfila el skyline soriano a falta de rascacielos...", y me he dicho:
- A mi compi del alma se le ha roto el retén de la nostalgia y se nos ha puesto pedidita de morriña.
A mi también, que lo sepas. Besos
Jajajaj, compi, yo sé que a ti más, mucho más que a mí. Pero que ya son tres meses sin que mis ojos contemplen ese perfil em vivo. Seguro que tú y tu dama pisáis esas tierras mucho más a menudo. Os mando un besazo a ambos, que ya nos toca llamarnos y charlarnos una botella de vino. Dicho queda.