Pasar página. Eso es lo que yo quisiera hacer exactamente hoy o, para ser más exactos, saltarme todo un capítulo o borrarlo del libro inconcluso de mi vida. Reescribir un episodio que comenzó hace más de una semana, en el que la pluma del destino me otorgó un papel secundario y para colmo, desgraciado, porque he sido al mismo tiempo narrador y personaje, esto es, conocedora de entresijos oscuros de la trama que no debiera conocer y que me acercan demasiado a un final dramático, además de revelarme aspectos de otros personajes, los protagonistas, que hubiera preferido ignorar para siempre.

Cualquiera que me conozca sabe que a mí no me gustan las historias farragosas ni las miradas esquivas. Tampoco me gustan las medias verdades porque ensucian la textura de la amistad, del mismo modo que no me gusta doblar las esquinas de los libros para que no queden marcados. Y siempre los firmo en la segunda página, más o menos hacia la mitad y en el extremo superior derecho pongo la fecha en que fue comprado, y el lugar. Son pequeñas pistas que me ayudan a retomar el hilo de mi propia historia, para esos domingos lluviosos en que me dan ganas de releérmela, a falta de tener cerca mío un buen ejemplar de tapas duras.

Ayer, día de vísperas literarias, me compré un libro de Ian McEwan, llamado “Chesil Beach”, en la Casa del Libro que hay junto a mi casa y que tiene una cafetería en su piso superior con unas cristaleras enormes a la calle Fuencarral. Pedí una coca-cola light y un brownie de chocolate y me quedé allí, leyendo y mirando a la gente a través de los cristales, hasta que me invitaron amablemente a irme, porque era la hora de cierre. Es su última novela, una historia de amor y sexo, ambientada en una época, 1962, en que hablar en voz alta sobre esos temas todavía era indecoroso. Vista desde fuera la historia parece una impecable historia costumbrista: una pareja de recién casados jóvenes e inexpertos en su noche de bodas. Pero en realidad tiene un trasfondo de horror impregnado en los personajes, en sus temores y en su incapacidad para enfrentarse a aquello que más temen, aunque se sientan en el deber moral de hacerlo.

En realidad, me volvieron a engañar las apariencias, porque la compré pensando que serviría de bálsamo para aliviar mi ¿o de ellos? inconclusa historia, pero en el fondo ambas tienen muchos paralelismos, porque nada es lo que aparenta ser. Los protagonistas de esta historia, al menos, actúan con buena fe, a juzgar por los sentimientos que les mueven. De la mía no puedo decir lo mismo, tristemente. Es una novela demasiado compleja de principio a fin. Y ni siquiera tiene sexo. Y la de Ian McEwan está maravillosamente escrita, además. Sin embargo, apretar el libro contra mi pecho de camino a casa consiguió sujetar las lágrimas que asomaban cada pocos pasos.

Lágrimas muy poco literarias, por cierto.