Una amiga sufre por amor y yo la consuelo, con las mismas palabras gastadas que la he consolado antes, palabras manidas, contraídas y polvorientas. Las mismas con las que ella me consoló a mí hace tiempo, cuando habitaba en el abismo, las mismas con las que la mitad del mundo consuela a la otra mitad mientras los ven caer por un precipicio. Las cuerdas se rompen casi siempre y al tocar fondo suena un sonido tenebroso, como de oquedad sin eco. Trepar por paredes lisas es sólo accesible para los que llevan pies de gato, pero ¿quién coño anda por el mundo con unos pies de gato puestos? Tampoco nadie anda con una armadura como en el medioevo y además, los que lo hacen, los caballeros andantes, a veces mueren axfisiados dentro de ella, ahogados por el calor y el horror metálico que les rodea.

Yo escogí andar con las manos atadas en la espalda y de puntillas, y también escogí tener siempre una madriguera donde guarecerme, con la puerta hecha de flecos de color naranja, demasiado largos probablemente. Cerrada y abierta al mismo tiempo para que todo sea más fácil. En la madriguera hay un espejo que me devuelve un reflejo que no reconozco, a pesar de que la luz está encendida. Entonces salgo hacia afuera lentamente, dejando que la puerta se quede pegada a mi piel y se deslice por ella, dejándome entrever poco a poco, como si fuera una presencia fantasmagórica. Claro que no hay nadie a quien asustar por aquí cerca. El reflejo se queda ahí, dentro del espejo y yo me siento a escribir un rato. El sonido de las teclas actúa de diapasón, que afina mis emociones.

Y suena la música.