Si mastico un chicle me lo acabo tragando, no puedo evitarlo, a pesar de saber que no debe hacerse, no porque provoca mala digestión, etc. Los de fresa me pierden, los de menta me gustan pero me dan más pereza. Los hombres que saben a fresa también me ponen más que los mentolados, que los encuentro más asépticos y por tanto más aburridos. Y me los acabo tragando igual que a los chicles, aunque sepa que no tengo que hacerlo porque después se me indigestan. Siempre fui de vísperas y algo excesiva cuando me asomo a un precipicio precedido por unos ojos rasgados y remarcados por debajo.

Esta mañana una costilla se ha alzado en pie de guerra. En realidad la ofensiva fue hace unos días pero la batalla se ha librado hoy. Fue un ataque suicida es cierto, soy la única culpable. Aún así, la verdad, yo no sé qué le he hecho a mi sistema musculo-esquelético para que cada dos por tres me prepare un pifostio, de brazos en jarras y aullidos de dolor y collarines y medicinas que me evaden. He ido a Urgencias a horas intempestivas, estaba amaneciendo pero aún era de noche, los edificios, las calles, los tejados, todo en la urbe remoloneaba, que es lo que haces justo cuando te despiertas pero aún no te levantas. El gris ya era un hecho y la lluvia, que en la ciudad es tan desagradable -debería llover sólo encima de los pantanos, de los campos y de los oceános y dejarnos a los urbanitas en paz, caía con desgana sobre los coches aparcados, amasijos de hierros en cadena de colores estridentes y matrículas indescifrables como jeroglíficos urbanos.

He aguardado más de media hora apostada en la puerta de entrada, observando a los trabajadores a través de una televisión diminuta que nadie controlaba, lo que la hacía absolutamente inútil es su pequeñez. Nadie venía a la recepción, porque justo tocaba el cambio de turno, he comenzado a irritarme con el agravante de no poder resoplar, gritar o despotricar porque cualquier movimiento, por leve que fuese, era una puñalada en el costado perpetrada por mí misma. Suicida.

Finalmente y después de que los trabajadores se hayan saludado, se hayan cambiado, hayan tomado un café, fumado un pitillo, quizá alguno de ellos haya retozado encima de una camilla, se hayan contado qué tal la noche y se hayan dicho hasta mañana, nos vemos, que descanses o que te sea leve. Después de todo eso -más o menos 40 minutos- me han atendido, aunque luego he tenido que volver a esperar, qué duda cabe. Podría haberme muerto ahí, podría haberse incluso descompuesto mi cadáver, pordría haber quedado sólo mi esqueleto, apoyado en la pared de azulejos de hospital de pago. Mi costilla entonces, se hubiera convertido en un símbolo. El símbolo de la absoluta falta de humanidad que respiramos y que es mucho peor que la polución. La inyección intramuscular no me hace perder la memoria.