Las Casualidades se dan empujoncitos unas a otras como intentando ganar protagonismo ante Las Intenciones, que han perdido el norte. Luego Las Intenciones no siguen el orden preestablecido, se guían por Las Ganas que siempre hacen lo que quieren. Las Ganas van de listas y luego resulta que son unas tontainas. A la planta que tengo al lado de pronto se le caen hojas, y parecen lágrimas resbalando por una mejilla: comienzan a caer con suavidad e incluso cadencia y de pronto se deslizan rápidamente y se forma un charquito de hojas en el suelo junto a mi mesa. Me conmueve profundamente y me pregunto ¿por qué motivo llorará una planta de interior?

A mí me cuesta llorar aunque sienta una gran congoja, lloro más fácilmente por nimiedades que por hechos de mi vida en los que Las Ganas hayan metido la pata. Cuando eso pasa lloro por dentro, como si me estuviera tragando sin masticar las hojas que se le caen a la planta. Y el corazón se vuelve de color verde fosforito y me paso el día bebiendo agua de una botella transparente, que es como me gustan las miradas generalmente. ¿Los depósitos de lágrimas también se vaciarán? Preguntaré al señor google.

No tengo ningunas ganas de ir a inglés, pero sí tengo ganas de la sensación que voy a tener cuando la clase haya acabado y salga. En otros momentos de mi vida es justo al revés: tengo muchas ganas del momento en cuestión, pero después de vivirlo la sensación me fastidia. Y me viene a la mente una frase de un libro de Punset un poco hortera pero certera: "La felicidad se suele encontrar en la sala de espera de la felicidad". Lo que quiere decir que lo mejor no es el fin anhelado, sino el camino que recorres hasta que lo consigues.

Bueno, a veces no es tan tremebundo todo y la susodicha te pilla por sorpresa. A mí me suele pasar casi siempre mirando por una ventanilla en movimiento o también cuando no llevo ropa. Procuro propiciar ambas situaciones para poder decir que soy razonablemente feliz, que lo soy.