Las ondinas son hadas de la mitología escandinava que habitan los estanques, los lagos y los ríos.Su belleza es espectacular, pero dicen que tras su apariencia dulce y amorosa se encierra un demonio despiadado. Enamoradizas, seductoras y llenas de encanto, también tienen fama de seres fatales, y se las relaciona con hundimientos de barcos y amores imposibles.

Llovía tanto esta tarde en mi Madriz que me he transformado en una ondina. Podría haberme transformado en cuaquier ser acuático pero cuanto mejor un ser que ama apasionadamente. Acababa de tender una lavadora eterna que tuvo la mala fortuna de terminar de centrifugar justo cuando acababan de empezar mis vacaciones de Semana Santa. De pronto, he escuchado un repiqueteo de agua furiosa sobre el alféizar de la ventana del baño, siempre entreabierta. He suspirado y he recogido la ropa, presurosa, tendiéndola en los radiadores con una expresión de fastidio en la cara, supongo que no inferior al que tendría mi propia ropa si tuviera cara, con tanto trajín. Me he calzado las botas de agua blancas que casi nunca tienen oportunidad de lucirse con esta sequía y he agarrado un paragüas. Había quedado con una amiga para ir a un spa, atraídas por el rumor del agua y el placer de la relajación en medio de la urbe.

El circuito termal -como lo denominan- dura una hora, más un masaje relajante a base de aceites que dos apolíneos elfos nos han regalado -previo pago-. Sin embargo ha sido como si habitásemos dos semanas metidas en el agua, el tiempo se ha detenido, y verdaderamente he sentido cómo me oxigenaba de verdad y me purificaba, a través del agua, mi elemento.

Ha sido en la piscina de hidromasaje donde ha sucedido. Chapoteábamos sonriendo, metiendo la cabeza a través de dos cascadas en forma de flequillo, situadas una en cada extremo de la piscina, por donde caía un chorro de agua transparente y recto. Una columna vertical de h2o cortante y limpia. De pronto he cerrado los ojos colocándome justo encima de la cascada, sintiendo el chorro romper sobre mi cabeza, como si cabeza fuera una piedra lamida de las que se encuentran en los ríos y caer sobre mis hombros desnudos. Al abrirlos, despacio para impedir que el agua penetrase en ellos ya no estaba en el spa, sino en un gran estanque, cubierto de neúfares y helechos, con una fabulosa fuente de mármol en en centro, que representaba a una diosa de la mitología sujetando a un bebé en un brazo y con una serpiente en el otro con muchas cabezas diferentes por cuyas gargantas salía los chorros de agua que seguía sintiendo deslizarse sobre mi cuerpo.

Miré a mi amiga que continuaba enfrente de mí, pero apoyada en el borde de piedra. Su pelo era mucho más largo y brillaba húmedo y sedoso, flotando a su alrededor sobre la superficie del agua. Cantaba una canción con una extraña melodía que jamás antes le escuché tararear. En la mano derecha sostenía un peine nacarado, pequeño, en forma de pétalo. Me miró, sonriendo, sin dejar de cantar. Era un hada de las aguas, una ondina y por eso cantaba y por eso flotaba ahí. Como yo.

Me acerqué nadando, despreocupada, contemplando mi propio cabello inmensamente largo también rodeándome. Ya no llevábamos bikini ninguna de las dos, teníamos al pecho al decubierto y una larga cola plateada resplandeciendo como hecha de minúsculos cristales de colores. El estanque estaba en un claro de lo que parecía un jardín, de lo que parecía un sueño. El césped estaba muy cuidado, pulcramente cortado y multitud de árboles lo circundaban. Un camino perfectamente marcado conducía a la salida de ese fantástica arboleda, cruzando un arbusto que formaba un arco cuajado de rosas. Hacía mucho sol y se escuchaba el trinar de los pájaros. Era un lugar mágico.

Recuerdo que sentía un extraño hormigueo, me sentía sensual y en verdad lo era. Lo era. A través del arco del rosal apareció de pronto un hombre, andando con paso firme hacia el estanque. Tan seguro de sí mismo que hacía daño a la vista. Era alto, con un rostro bello y viril y parecía saber muy bien hacia dónde se dirigía, con ese aplomo de hombre de mundo, de carne y hueso. Lo reconocí enseguida y sonreí: le estaba esperando hacía mucho tiempo. Mi amiga me miró y desapareció bajo el agua lanzándome una mirada cómplica y con una sonrisa extraña y enigmática, lánguida y blanca.

El hombre llegó a la orilla. Para entonces yo también me había acercado allí y la mitad de mi cuerpo asomaba seductora. También mi cola de pez lo era, tan húmeda. Estaba orgullosa de ella, es más, me pareció fascinante. Y además olía a sexo. Nos besamos en la boca apasionadamente, me rodeó con sus brazos fuertes y morenos. No hablábamos, no con palabras, sólo mirándonos a los ojos y besándonos. Entonces yo quise que fuera solo para mí y comencé a empujarle lentamente, sin dejar de besarle, hacia el interior de las agues opacas. El sol se puso en ese momento, no había caído en la cuenta pero los rayos que antes me dibujaban eran rayos gastados. No opuso resistencia, como si yo fuera más fuerte que él y muy pronto se oyó el sonido de su cuerpo cayendo pesadamente al estanque. Abrazados nos fuimos hundiendo, como dos enamorados suicidas extraídos de un poema romántico, fundidos en ese beso largo y apasionado, sin dejar de mirarnos fijamente. De repente no supé por qué pero le solté, me desasí de sus brazos, cerré los ojos y me sumergí yo sola al fondo de las aguas. Cuando los abrí estaba de nuevo en el spa, y mi amiga estaba enfrente, mirándome con ternura y comprensión o quizá con pena y conmiseración. Y algo de frío.

Salimos del agua arrugadas, en silencio, sonriéndonos. Nuestros cabellos de nuevo eran cortos y afuera, en la calle, continuaba lloviendo.