Mientras estaba limpiando los azulejos del baño, de un sesentero e intenso color azul, la mujer se dio cuenta de que no le iba a llegar con el limpiador que le quedaba. Puso una expresión de fastidio y lo dejó a medias. Salió al salón, la estancia principal del apartamento, de donde se abrían las puertas que conducían al resto de estancias y también a la calle. Se sentó con las rodillas unidas al pecho encima de una silla blanca giratoria de sky, que también necesitaba una limpieza. Tampoco la tendría, al menos no por el momento, decidió la mujer. La mujer además pensó que había cosas mucho más importantes que arreglar en su vida, pero en ese momento no supo enumerar ninguna. O bueno, sí, una: tenía que cortarse el flequillo, que ya le tapaba los ojos, impidiéndole mostrárselos al mundo, o a quien quisiera fijarse en ellos. Claro que, si alguien quiere fijarse en una mirada verdaderamente, no importa qué obstáculos encuentre, porque nada impedirá que ese alguien estire su brazo y suavemente retire ese flequillo sobrante con los dedos y contemple entonces los ojos ocultos. Nada impedirá que los ojos, entonces, se llenen de lágrimas de agradecimiento.

La mujer, una vez decidido lo que no iba a hacer, se vistió y salió de casa, dando un gran paseo, para acabar comprando el limpiador de azulejos azules. No importa el color.