Lo mejor del mundo es llegar a casa el domingo por la tarde y que todavía haya luz, y que a ese domingo de vuelta le anteceda un sábado inolvidable. Lo mejor del mundo es mirar a un amigo a los ojos y ver su corazón latiendo a 45 rpm, y viajar junto a él sin que en todo el trayecto quede un solo espacio para el silencio, llenar la atmósfera en tránsito de palabras que se convierten en confidencias que se van entrelazando hasta que todo eso se materializa en un vínculo real, que es como una especie de cuerda de marinero, llena de nudos que son vivencias, manoseadas por la memoria y que cada vez más larga, gruesa y difícil de deshacer. Es entonces cuando dices ¡hostia, esto es amistad! Y ves los molinos de viento dando vueltas, tan elegantes y transgresores ahí, en la naturaleza, y ese mismo paisaje tan manoseado por tu memoria te llena los circuitos de una felicidad química, repleta de endorfinas, muchas de ellas, las de él y las mías, noctámbulas de toda la vida. Ahora, ya inmersa en la normalidad, lo recuerdo y no sé dónde estaba el cielo colocado si sobre nuestras cabezas o bajo nuestros pies. Pero sé que había cielo y de un azul digno de ser celebrado hasta el amanecer, con una sesión de música electrónica de las que consiguen que al bailar sientas un extraño misticismo, una comunión con el universo, no sólo con quienes te rodean sino también con lo que no existe pero entonces se hace realidad. Y eso hicimos, pero sin perdernos por los caminos de los excesos y así conseguimos también saborear el mediodía y la sobremesa en compañía y vimos llegar desde el monte la caída de la tarde, parpadeando suavemente. Lo más intenso estaba por venir todo el tiempo y llegó muchas veces. Lo más intenso era estar juntos, pasándolo tan bien.