Tengo algunas lavadoras pendientes, dos o tres discos nuevos sin escuchar y literatura con etiquetas. Visto desde fuera puede parecer un tema baladí, pero yo que me conozco mejor que nadie sé que es un hecho que viene con causa y efecto. La causa es conocida, mi adicción a Los Soprano, el efecto es cierto caos en los pliegues de mis entretelas que me importan un pimiento, la verdad. Sencillamente, no me queda espacio para tantas zarpazos como mis anhelos propinan. Estoy rebañando el fondo como nunca antes había hecho con una historia de ficción. Y yo no soy nada pragmática, siempre me resultó imposible mantenerme en el borde de la piscina.

Entretanto la primavera ha llegado a mi vida en forma de pequeñas explosiones. No entro en detalles pero está claro que a las tantas de la madrugada el sol se puede colar por el quicio de una puerta del mismo piso pero diferente puerta o que la parada del bus, afortunadamente, no sólo trae autobuses, el sentido mismo de la vida tiene a veces forma de marquesina. Y estoy muy cerca de alguien que está a punto de despegar a una estrella que brilla mucho más que el resto, con todo el calor y la efusividad que eso implica. Y así, con alicientes propios o ajenos, el mes de marzo -a la izquierda del calendario- se desliza suavemente, remolonea conmigo en estos nuevos amaneceres tardíos.

La planta del salón tiene nuevos brotes, sólo ella y yo sabemos lo difícil que lo ha tenido, soportando condiciones adversas -echémosle la culpa a la mafia-.Con lo fácil que es llenar una jarra de agua y vertérsela encima, y lo poco que me prodigo en atenciones con ella, tan frondosa como es.

Yo qué sé, cuando sólo te riegan de vez en cuando, el agua, pues eso, se disfruta más. Digo yo.