No quiero encender todavía ninguna luz. Quiero esperar a que anochezca del todo. Mi apartamento transmite a estas horas, 17:43, una plácida monotonía. Todo en él está inmóvil, salvo mis dedos danzando sobre el teclado del portátil. A presionar las teclas se escucha un sonido repetido, como un ronroneo. No alcanzo a ver dónde dormita mi felina, aunque estoy segura de que no ha escatimado en comodidades. Las cortinas blancas dejan pasar la luz, ya crepuscular pero sin embargo lo suficientemente intensa como para que apenas haya sombras. Es más bien un fulgor tenue, que se desliza por encima de los muebles suavemente, como si no quisiera molestarles. Una luz opaca, sin brillo, una luz cansada de ser luz, ocultándose entre lo edificios, cabizbaja, quizá bostezando. Es sábado, día de siesta, de bodrio de sobremesa, de café por placer y no por necesidad, de dormir de día si has trasnochado, de pasear porque sí, de abrazar rutinas de fin de semana con las mismas ganas que el anterior, aunque sean las mismas rutinas. Madrugar sin prisa es un placer que no se puede comparar con nada, es fantástico abrir los ojos desorientado y de pronto caer en la feliz cuenta de que tienes por delante un día entero, un cúmulo de horas para perder o para recuperar o qué más da. Horas regaladas, horas propias. Hoy he preferido no echarme la siesta, quería ver llegar a las sombras, ser testigo directo de cómo ocupan su lugar en mi vida y encender las luces justo cuando sienta que van a engullirme. Y lo estoy haciendo en silencio, sin música siquiera, tan sólo el sonido de mis dedos sobre las teclas impolutas, y el de los helicóperos que se acercan y se alejan sobrevolando la urbe, controlando quién sabe qué. De vez en cuando se abre o se cierra alguna puerta, aunque no aquí, en mi interior, sino afuera. Aquí todo está en calma.
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Buena tarde Ciberia¡¡
Aqui aun hay luz....
Buenas carnestolendas¡¡
Hola Ciberia:))
Casi una hora después, la orientación-sur de mi casa hace que en estos momentos, mi realidad sea la que acabo de leer en tu escrito. La luz que no procede del sol, que ya se ocultó, sino que nos es regalada por el cielo, que se diría que la absorbe goloso durante el día para hacerse notar a estas horas, dueño de la situación. Los días, cada jornada un poquito más largos, traen como consecuencia que algunas farolas de la calle ya estén encendidas cuando aún hay sol, pero otras se echen de menos en lugares donde no hay tiendas y, por tanto, tampoco escaparates iluminados.
Los sábados por la tarde tienen un ritmo propio, que no es el de los domingos, aunque ambos sean considerados en bloque "fin de semana". Quizá porque el sábado, cuando quien lo disfruta no trabaja, permite no madrugar y no acostarse pronto, sin remordimientos. Poder dedicarlo a una misma ó regalarlo a los demás, sin obligaciones. No tiene esa carga de "preparar la semana" que es el domingo, ni de "repasar para dejar cerrado" del viernes tarde.
Un día curioso, el sábado.
Un beso, guapa:))
Calma crepuscular. Esperaremos a las sombras entonces...