No quiero encender todavía ninguna luz. Quiero esperar a que anochezca del todo. Mi apartamento transmite a estas horas, 17:43, una plácida monotonía. Todo en él está inmóvil, salvo mis dedos danzando sobre el teclado del portátil. A presionar las teclas se escucha un sonido repetido, como un ronroneo. No alcanzo a ver dónde dormita mi felina, aunque estoy segura de que no ha escatimado en comodidades. Las cortinas blancas dejan pasar la luz, ya crepuscular pero sin embargo lo suficientemente intensa como para que apenas haya sombras. Es más bien un fulgor tenue, que se desliza por encima de los muebles suavemente, como si no quisiera molestarles. Una luz opaca, sin brillo, una luz cansada de ser luz, ocultándose entre lo edificios, cabizbaja, quizá bostezando. Es sábado, día de siesta, de bodrio de sobremesa, de café por placer y no por necesidad, de dormir de día si has trasnochado, de pasear porque sí, de abrazar rutinas de fin de semana con las mismas ganas que el anterior, aunque sean las mismas rutinas. Madrugar sin prisa es un placer que no se puede comparar con nada, es fantástico abrir los ojos desorientado y de pronto caer en la feliz cuenta de que tienes por delante un día entero, un cúmulo de horas para perder o para recuperar o qué más da. Horas regaladas, horas propias. Hoy he preferido no echarme la siesta, quería ver llegar a las sombras, ser testigo directo de cómo ocupan su lugar en mi vida y encender las luces justo cuando sienta que van a engullirme. Y lo estoy haciendo en silencio, sin música siquiera, tan sólo el sonido de mis dedos sobre las teclas impolutas, y el de los helicóperos que se acercan y se alejan sobrevolando la urbe, controlando quién sabe qué. De vez en cuando se abre o se cierra alguna puerta, aunque no aquí, en mi interior, sino afuera. Aquí todo está en calma.