Ella estaba esperando el bus. Él también. Ella lo hacía como un día más, es decir, de pie, con el libro entre las manos, la bolsa con la comida entre las piernas, el flequillo impecable y el bolso en bandolera. Acerca de él no podemos decir más, porque lo desconocemos. El autobús tardaba tanto que ella dejó su cuerpo allí, en la parada, con el abrigo negro abrochado hasta arriba, las clavículas por delante de los omoplatos, el corazón latiendo a ritmo falta de sueño y se marchó. Estuvo en el futuro apenas unos minutos, en una isla del Sicilia, recorriendo caminos montada en una vespa y chapurreando en italiano con un autóctono de nariz prominente. Se detuvo antes de que pasara algo más, no había mucho tiempo y no quiso omitir preliminares. Regresó a la parada justo en el instante en que él, estirando el brazo, paró un taxi y detuvo el tiempo.
-¿Vas hacia Princesa?- le preguntó.
Al punto ella entendió que era un caballero andante y ella, pues eso, una princesa.
Eh, sí-contestó ella, asombrada y un poco aturdida, no olvidemos que estaba recién llegada de Italia.
-Si quieres subir conmigo, yo también voy hacia allí, y este autobús tarda una eternidad –y al decirlo el asfalto se tiñó de rojo pasión.
Ya en la limusina -¿o era un taxi?- el chófer sonrió para sus adentros cuando se hizo cargo de la situación. Tuvo la deferencia de abstraerse viajando unos meses hasta su playa favorita en Levante, sentándose en la terraza del bar de Mijas, donde pasaba los veranos desde hacía 30 años, y pidiéndole a Pepe, el dueño, unos boquerones en vinagre y una clarita, al tiempo que agarraba El País. No se enteró de nada de lo que sucedía en el asiento de atrás.
-¿Llegas muy tarde? Yo entro a las 9- le preguntó él. Acerca de lo que él pensaba no podemos decir más, porque lo desconocemos.
Sí, yo también, a las 9, pero bueno, suelo ser de las primeras en llegar, a pesar de la hora que es-contestó ella, mirándole a los ojos brevemente. –Hay un poco de desfase horario en mi oficina- añadió, sonriendo con timidez.
Y mientras su boca se movía arriba y abajo, soltando frases más o menos corteses y anodinas, intensificando, al hacerlo, el mohín de sus labios más de lo normal, ella se alegró interiormente de haberse alisado el flequillo aquella mañana, de no haber salido de casa sin pintarse los labios de rojo intenso y de escoger ese abrigo negro y esa gorra, que le hacían parecer tan femenina.
El primero en apearse fue él –no podía ser de otro modo-. Insistió en pagar la carrera. Se despidieron con un “nos vemos” que se quedó flotando en el aire un rato largo y que dejó, al desaparecer, un olor a ilusión chispeante. El taxista regresó entonces con mucho mejor humor del que tenía al despertar esa mañana. Y un poco más moreno.
¿Y a usted donde la llevo, señorita? –le preguntó.

Buena tarde.
Me gustan las historias de amabilidad urbana.
Ciberia, vente a brindar por los Soprano a nuestra tertulia, allí seran bienvenidos ellos tambien, si dejan sus armas a la entrada, no queremos que nos rompan la cristaleria.
Y tu, amiga, brinda con nosotras
A.N.