Cuando M. le contó a C. cómo había pasado la Navidad, ambas coincidieron en que, a pesar de lo afortunadas que eran porque la ineludible cita con sus respectivas familias no supusiera un fastidio obligatorio sino una anhelada reunión, de que no hubieran usado la tarjeta de crédito sin medida -de momento- ni comido o bebido en exceso, era un poco frustrante aceptar que no había acontecido en sus vidas ningún hecho reseñable que las diferenciase de las pasadas e incluso de las anteriores.

Mientras hablaban la luz del crepúsculo desaparecía, deslizándose por la chepa de los edificios lentamente, como una lánguida caricia. La iluminación tenue y las volutas de humo alrededor de las dos amigas ayudaban a que la noche se acomodase deprisa a través del cristal de la cafetería con decoración demodé. Sonaba Hymne à l'amour, de Edith Piaf.

Bueno, dijo C., tú al menos le diste un morreo a un desconocido. Sí, es cierto, reflexionó M., pero apenas me acuerdo ya y, sin embargo, tengo un nítido recuerdo de lo exquisitos que estaban los gambones al horno que preparó mi cuñada N. Oh, dijo C. y, esbozando una sonrisa de medio lado, miró a través de los cristales, justo a tiempo para contemplar el último rayo de sol desvalido, desapareciendo con un halo de cotidianidad que, sin embargo, no le restó al atardecer ni un ápice de belleza.

Yo ni eso, prosiguió C. como si tal cosa, y de verdad que estoy harta de que alrededor mío el único tema de conversación posible sea la búsqueda de la pareja soñada. Todo el mundo con la misma letanía, qué pestiño por favor. Total, después miras a las parejas que tienes alrededor y no paran de tener movidas estúpidas, apenas follan, les falta espacio y no tragan a la suegra o a la hermana. Y se suele engordar prácticamente en el 75% de los casos. Entonces ¿por qué La Gente habla de ello sin cesar?

Ya te digo, tía, arguyó M., aunque, sinceramente, me parece un tema de conversación más entretenido que, por ejemplo, comentar Gárgoris y Habidis, de Sanchez Dragó. ¡Acabáramos!, le interrumpió C. sonriendo. El que no se consuela es porque no quiere. ¿Y qué me dices del sexo tántrico? ¿Hablamos sobre ello? le volvió a interumpir M. Estallaron en sonoras carcajadas que hicieron que los ocupantes de las mesas adyacentes alzaran sus miradas hacia ellas, y cada una por separado se sintió reconfortada de saber reírse de ellas mismas y además, de poder hacerlo juntas, a pesar de que, en el fondo, el tema de conversación fuera la ausencia de compañía, que no es lo mismo que la soledad.

Déjalo, murmuró M. secándose las lágrimas, tengo que irme ya, he quedado con L. ¿L.? ¿Hay algo que no me has contado? M. pareció contrariada. Qué dices, C., no hombre, no, L. es amigo mío de toda la vida y, además, es gay. En ese momento llegó el camarero con un café con leche para C., quien parecía no tener prisa por irse. ¿Templada? preguntó con desgana sin saber a cuál de las dos mirar. C. y M. se miraron con los ojos como platos, y casi al unísono gritaron, riendo, ¡no, muy caliente!