Irónicamente era el día de los Inocentes. Digo irónicamente porque yo llegué a mi tierra con el ánimo de todo menos inocente. Ese fueguito canalla que habita en mi interior, con una llama que a veces apenas es una brasa y otras parece un bosque ardiendo, se avivó al bajar del coche con la bofetada del aire gélido y seco y así, como para defenderse, empezó a calentarme por dentro. Lógicamente, el calor me dio mucha sed, así que dejé las cosas en mi casa, saludé con más amor que insistencia y me marché deprisa, sin hacer mucho ruido para que mi presencia no eclipsara a mi ausencia. En la barra del bar encontré mi reflejo sonriendo. Los amigos empezaron a llegar y surgieron conversaciones como ¿qué tal?, bien ¿y tú?, ¿cuándo has llegado?, nada, hace un rato, qué bien, esta noche fiesta ¿no? Sí, claro, pensé yo. Contestar en voz alta ante la evidencia del botellín de cerveza en la mano y el resplandor del fuego me pareció una redundancia innecesaria.
Aproximadamente dos horas después nos encontramos el mismo escenario, es decir, yo sentada en la misma banqueta, mi reflejo en la barra -algo más borroso- y una birra en la mano, fría, pongamos que por la mitad. Alrededor mis dos secuaces, Elena y Alicia. Lo único alterado era, gustosamente, mi percepción de la realidad, que se me antojaba ahora más acuosa y de colores más vivos. Me gustaba el humo flotando alrededor de la gente, como danzando, y si en algún momento me quedé ajena a la conversación, en silencio, era porque lo contemplaba ensimismada.
Ese bar cerró y cambiamos a otro y luego a otro y así muchas veces y muy seguidas, porque teníamos ganas de algo que no encontrábamos y buscarlo nos pareció un buen plan. En el fondo las tres teníamos la certeza de que no íbamos a encontrarlo, en ninguno de ellos, porque no se llega al cielo sin conocer el infierno y porque llueve sobre mojado, pero qué más daba si en vez de hablar de ello nos dejábamos llevar por la música. Entre trago y risa y confidencia la realidad se llenaba de endorfinas de cristal.
Sería en el cuarto o quinto bar cuando se me acercó. Preferí no preguntarle la edad porque una respuesta sincera bien puede ser un insulto. Sonaba, creo, Barricada o alguna vieja gloria de ese calibre. La música esa noche fue para mí algo secundario como son los extras de una película, imprescindibles pero cuya cara no recuerdas, sobre todo si el protagonista es Javier Bardem. Enseguida nos pusimos a hablar, a vacilarnos el uno al otro sin ninguna vergüenza y a compartir la cerveza que por supuesto pedí yo. Era alto, castaño, guapo sin pretensiones y con un pendiente diminuto en la oreja que sin embargo se me antojó enorme y totalmente prescindible. No sé cómo se llamaba y ni siquiera recuerdo habernos preguntado el nombre. Él balbuceaba algo en mi oído y yo veía su pendiente brillar cerca de mi boca y de nuevo adivinaba un reflejo pero de alguien que no era yo y eso me gustaba y él también me gustaba. Después jugamos un rato con su reloj, que en algún baile desaforado se debió de soltar. Ninguno conseguimos volver a enganchar el cierre, supongo que el estado nos lo impedía pero con esa excusa nuestros dedos se rozaron y acaricié algo tan íntimo y sensual como la piel blanca y suave del interior de su muñeca.
Mis compinches, entretanto, me miraban muertas de la risa. Ya superábamos la media de estancia en un pub de esa "Noche de Garitos Efímeros y Amores Imposibles" y me apremiaron con un vámonos ya, si quieres tráetelo, más beodo que imperativo. Mi Romeo me miraba con sus ojos enrojecidos diciendo: no te vayas. Recuerdo que le dije: fue bonito mientras duró. Nos dio la risa, claro. Me dio un beso en la mejilla y entonces le pedí uno de verdad. Y él me lo dio. Largo intenso, apasionado y con sabor a madrugada y a olvido.
Me he acordado de él, del sabor de ese beso y del fulgor de neón de su pendiente hace un rato, mientras veía una foto de Javier Bardem recibiendo un premio. Ahora, cuando el fuego ya está prácticamente controlado.

Me alegro de que alguien lo pase tan bienb en fiestas¡¡¡
Re bienvenida.
Yo voy a salir una noche de éstas a pedirle un morreo a un desconocido. Me lo pide el cuerpo :)
¡Un besazo!
Que maravilla que tu tierra te reciba con esa hospitalidad tan ardiente, el interior de la muñeca...exclusivo rincon que, comparto tu opinión, me parece suave y sensual. El azar, en ocadsiones, trae la fortuna en forma de gotitas de felicidad.
Salud y aventuras.
Cuidado con el fuego que no está totalmente apagado, porque los rescoldos siempre pueden volver a arder con fuerza si se les da un poco de oxígeno.
A tu post yo le pondría esta banda sonora.
Y para Bardem un Oscar ¡YA!, of course.
Un saludO2.
Buen dia señora del rio¡