Faltaban pocos kilómetros para llegar, apenas cuarenta, cuando comencé
a escuchar sus lamentos. La niebla estaba a ras de suelo, formando un
manto gélido sobre la tierra yerma. El paisaje era de una belleza dura
y brutal, heladora. Llevábamos la calefacción del coche a tope y la
música baja. Charlábamos de temas intrascendentes. Paramos a repostar
en una gasolinera en medio de la espesura fantasmagórica, cubierta de
partículas de agua congeladas. El gasolinero apareció de pronto como si
saliera del más allá. Su lenguaje parco me hizo sentir en casa.
Llenamos el depósito y proseguimos la marcha. Entre los silencios yo le
oía llamarme con su voz embrujadora y quejumbrosa. Me apretujé en el
asiento y respiré hondo. Tenía claro que no podría inventarme ninguna
excusa para no ir a verle. Cuando llegué a casa me olvidé de él, porque
el calor del hogar disipó la niebla de mi corazón y las luces navideñas
con las que mi madre iluminó el nacimiento, aunque artificiales, me
parecieron auténticas y me derretí en el sofá, sintiéndome feliz de
comprobar que todo seguía en su sitio, un año más.

El día siguiente amaneció el cielo abierto, me abrigué capa a capa, con la convicción del que ya conoce lo que tiene que hacer. Le pregunté a mi hermano que si se venía conmigo a verle. Me dijo que sí, así que montamos en el coche bien dispuestos. Luego nos íbamos de cañas y pinchos, preludio de una noche buena, pero esa es otra historia mucho más canalla que esta. El auto tardó en arrancar a causa de la helada caída la noche pasada. Hay cosas, como el sonido de una cinta de cassette cuando rasca la luna de un coche para quitar el hielo adherido, que se quedan almacenadas en algún lugar de la memoria y cuando las escuchas al cabo del tiempo te producen una extraña sensación, llenas de fibras de recuerdos que pican como los jerseys de lana de la infancia.

Aparcamos cerca de él, cogí la cámara de fotos, abrí la puerta del
coche y al poner el pie en el suelo respiré profundamente, llenándome
los pulmones de su aliento. Cuando levanté la vista y miré el paisaje,
me golpeó en la cara el viento que agitaba las ramas de los chopos ,
cubiertas de iniciales que, como dijo el poeta "tienen en sus cortezas grabadas iniciales que son nombres de enamorados, cifras que son fechas".

El río estaba helado, y el hielo resquebrajado conformaba una especie de puzzle gigantesco, de color verde, y el reflejo de los álamos de las orillas y de la ermita del santo era tan nítido que sólo se distinguía que era tal por esas grietas que el agua al congelarse había formado. Y a pesar de la gruesa capa que le recubría, escuché claramente su rumor húmedo, un rumor de secretos ininteligible, porque por algo son secretos. Era el mismo lamento que me llamaba cuando el día anterior crucé la frontera de mi tierra. Me recordaba que hacía ya mucho tiempo que no bajaba a visitarle.

La verdad es que no me había dado cuenta, pero ya le echaba de menos.