La chica que se sentía sola se sentó en el vagón del metro con cierta prisa, provocada por la escasez de tiempo disponible para comer. Había quedado con la chica recientemente enamorada. Llegó antes que ella y entró al restaurante, en pleno barrio castizo. Escogió una mesa al fondo, pidió una caña y abrió el periódico mientras esperaba. Casi todas las noticias le parecieron especialmente desalentadoras: el cambio climático y sus devastadores efectos futuros, la oposición y sus artimañas, la tristeza del entierro de la última víctima de la violencia doméstica y así página tras página. Decidió mirar el tiempo que haría al día siguiente en Roma: nubes y posibilidad (alta) de chubascos. Bueno, pensó, sería raro que lloviendo dentro de mí afuera luciera un sol espléndido. Se consoló por la inminencia de un fin de semana de turisteo junto a su madre en la capital de Italia. No se le ocurría mejor compañía, o sí, pero era mejor no pensar en ello. La chica recientemente enamorada apareció a lo lejos, risueña y con esa cara de satisfacción tan típica del amor reciente. Comieron y compartieron confidencias, pero el deber interrumpió antes de lo deseado su charla y se despidieron afectuosamente. Cuando volvió a entrar en el metro el tren acababa de irse, así que se sentó a esperar en un banco del andén. A su lado había una espigada chica morena, con una larga melena castaña sujeta con un pasador en la nuca, los brazos desnudos, depilados y lánguidos. Daban ganas de estirar los dedos y acariciarlos. Sus miradas se cruzaron un instante pero de pronto la chica se puso en pie. Será que ha visto venir el tren a lo lejos, pensó la chica que se sentía sola. Unos segundos después un chico espigado y moreno llegaba hasta allí, la besaba con una gran sonrisa y ocupaba el lugar donde antes se sentaba ella, que se sentó encima suyo con la naturalidad de quien ha repetido muchas veces ese gesto. Él le acariciaba el brazo tiernamente. La chica que se sentía sola los miró con desgana y volvió a abrir el periódico escogiendo una página al azar y sin alzar la cabeza hasta que el sonido y la sombra del tren estuvieron encima. Entonces se levantó y se metió dentro.