Pongamos por caso que se me olvidase quién soy, dónde he nacido, a qué me dedico e incluso de que color tengo los ojos o dónde vivo. Como un recién nacido o como un anciano con alzheimer. Un día me despertaría sin reconocer nada de lo que me rodea habitualmente al despertar: una sábana tibia, un hueco vacío, un sonido felino, un agujero en el estómago, una luz escasa y artificial, una puerta donde pone "realidad" escrito en letra pequeña.

Lo primero que tengo noción de tocar cada mañana es el interruptor de un flexo. No, no quiero dar pena. Enciende una luz ¿no es grandioso? Pero ¿y si ni siquiera distingues entre luz y oscuridad? Pues es posible que fueras feliz, si supieras ser feliz sin que el reflejo de unos ojos te diera la razón aún sin tenerla. Se me ha olvidado cómo era cuando mi corazón no dormía en casa, apenas recuerdo la sensación de ahogo que provoca una distancia amada, cuando lloro las lágrimas ya no son saladas sino dulces y cuando río mis carcajadas no suenan en los oídos de nadie como música celestial. Ya no sueño con ráfagas de viento que me levanten la falda delante suyo, porque el hueco que ocupaba él se ha cerrado sobre sí mismo. Ni me imagino a mis dedos bailando con los suyos durante horas mientras salen de mis ojos notas musicales y los suyos parpadean al unísono. El cielo ya no tiene siete pisos ni al infierno se llega a través de su silencio.

Parece como si lo hubiera olvidado todo, y sólo soy yo de verdad cuando atravieso esa puerta donde está escrito con letras grandes "sueños".