Me parece dificilísimo ser actor. Cambiar de identidad durante días, incluso meses, amén de aprender un texto infinito de memoria, los gestos del personaje, sus aficiones, sus anhelos y carencias, su tamaño y su color de pelo u ojos. Mimetizarse, en una palabra. Debe de tener un lado muy morboso el hacerlo, me da la sensación de que las personas que poseen ese don toman una especie de pócima que les permite agrandar su yo o hacerlo chiquitito, como si de pronto la cabeza les llegara donde ahora están sus pies y el espacio sobrante lo ocupase el personaje interpretado, adaptándose el hueco a él y no al contrario. Y no hay molde reutilizable a no ser que seas Bebe, que siempre que actúa hace de ella misma.

Ayer vi “Esperando a Godot” , de Samuel Beckett , un clásico del teatro del absurdo que cuenta la historia de Vladimir y Estragón (o Didí y Gogó), dos mendigos o similares que pasan toda la obra esperando a Godot, un personaje desconocido que nunca llega. La obra es existencialista, esto es, cuestiona el sentido de la vida a través de diálogos repetititvos, de la situación personal de los personajes que no saben por qué viven si no es para esperar a Godot y tampoco saben a qué ton le esperan. Cuando la leí me encantó, me pareció fantástica, brillante y me hizo pensar en todo lo divino y lo humano –tenía esa edad, entre los 15 y 18 años en que uno se plantea este tipo de cosas mientras se revienta espinillas-.

Así que el listón estaba alto. Pero la interpretación que presencié ayer en un teatro minúsculo con un nombre tan peculiar y realista como “Teatro de la Puerta Estrecha” fue fantástica, salí encantada de haber escogido, entre el universo de ocio infinito que esta urbe vomita cada día, esta enorme y talentosa interpretación, con la etiqueta de independiente adherida como un punto de aproximación a una herida. Fue un privilegio dominguero ser una de las escasas cuarenta personas que pudieron presenciar como dos actrices pequeñas y de físico indestacable, caracterizadas de mendigos con un vestuario lamentable y actuando en un espartano escenario a ras de suelo, culminaron la obra siendo a nuestros ojos los auténticos Vladimir y Estragón. Hasta pareciome ver al propio Beckett, aplaudiendo y agitando al hacerlo sus blancos caballos peinados hacia arriba.

El teatro era una estancia peculiar, con su enjuta puerta recibiendo a los espectadores, a la que seguía un pasillo estrecho con una puerta a la derecha que conducía a una especie de salita de estar, acogedora con sus muebles de madera vieja, su olor a rancio y un polvillo dorado cubriéndolo todo como si el sol se estuviera echando la siesta allí. El pasillo continuaba apenas dos metros más y otra minúscula puerta daba acceso al teatro en sí. Era una habitación grande, con silla de madera y tela, como de director, dispuestas a derecha e izquierda formando tres filas y además una hilera más de sillas en el centro, en una única y privilegiada ubicación. El indicador más claro de que aquello era un teatro estaba en el techo, cuajado de focos de distintos colores. En el escenario el suelo estaba recubierto de paja amarilla como si fuera un gallinero para humanos y como decorado tan solo un árbol de cartón piedra desnudo en su papel secundario. Además un trozo pequeño de tronco de verdad, que hacía las veces de asiento y jergón de Gogó.

Al principio la obra no engancha, seamos sinceros, los diálogos estrambóticos y reiterativos y el hecho de ver a dos mujeres como protagonistas no ayuda mucho. Poco a poco la absurda situación a la que se enfrentan y la increíble voz de cazalleras que ambas actricen sacan de algún recóndito lugar de su laringe me fue haciendo mella y supe que me estaba llegando muy adentro cuando dejé de pensar que no había cenado todavía, que mañana ya era lunes y un montón más de estúpidas cuestiones. Me consagré a la obra en cuerpo y alma y la obra me lo devolvió con creces. Fueron dos estupendas horas sin interrupciones innecesarias.

Como no había telón cuando se terminó no pudo cerrarse, simplemente apagaron las luces poco a poco como si fuesen unos párpados gigantes que se entrecerrasen somnolientos para volver a abrise de nuevo dejando a la luz campo libre, y así pudimos ver aparecer delante de nosotros a todos los actores, en fila india. Aplaudimos mucho y salimos rápido. Afuera hacía un frío inesperado o es que yo deseaba ser abrazada.

Ya en el andén del metro después de una agradable charla con mi acompañante, el hombre hecho palabra, imaginé que pensaría Beckett si le dijera que disfrutar de una buena representación de su obra es una de las razones por las que yo le encuentro sentido a la vida.