Estoy sentada en el primer asiento del autobús, llamado 21. Es el primer asiento de todos, del lado izquierdo naturalmente. Está más elevado que el resto, así que es como un trono urbano y móvil. Desde allí, observo la ciudad en movimiento. Una chica llama mi atención, me gusta como va vestida en general, lleva unas bermudas negras por encima de la rodilla, sujetas con un cinturón de tachuelas plateadas y unas botas rojas a media pantorrilla, sin calcetines. En la parte de arriba no me he fijado tanto pero creo que una camiseta o camisa negra y algún detalle en rojo. Nunca me fijo en la parte de arriba de las chicas, sólo en sus piernas. Me dan envidia las piernas largas y bonitas. Es rubia lo cual combina muy bien con su atuendo. Camina con paso resuelto sobre la acera y está a punto de cruzar la calle, que está atascada de coches que sueltan humo de color de rosa porque es viernes. Parece que tiene prisa –irá a currar, como todos-, y sortea los coches, pizpireta. Pasa por delante de una furgoneta y es justo en ese momento cuando soy testigo privilegiado de un fotograma digno de anuncio de Impulso. En la furgo van dos currelas sonrientes. Al pasar nuestra grácil muchacha el que va de copiloto le dice algo, supongo que algún piropo guarrete y ella sonríe, y les enseña un boca llena de dientes blancos y perfectos que seguro les pone los ídem largos. Luego en una sola mueca estudiada devuelve a su rostro el rictus de velocidad que llevaba y desaparece resplandeciendo como un fueguito amarillo y rojo. Y ahora viene lo bueno: el copiloto –menos mal que no el piloto- la sigue con la mirada fija cargada de deseo: ella dirige sus pasos en sentido contrario a la furgo, pasa al lado de su puerta y entonces él comienza a girar la cabeza para seguir contemplándola y es ahí cuando yo no doy crédito: su cuello rota asombrosamente, cuasi pareciome estar viendo a Reagan, la niña de "El exorcista", versión macho en celo, en aquella memorable a la par que escalofriante escena en la que su cuello rotaba 360º. Madre mía, reflexiono, cuánto deseo y cuánta flexibilidad. En lo que atañe al cuello estoy muy sensibilizada.

El bus sigue la marcha por la larguísima calle Alberto Aguilera, que, para quienes no lo sepan, fue un político, alcalde de Madriz en varias ocasiones y además presidente del Círculo de Bellas Artes. Al poco llama mi atención un montón de policías sitos en el cruce de esta calle con otra más estrecha. No sé qué habrá sucedido, ¿un accidente? ¿una reyerta? Hay gente mirando y unos segundos después veo a dos hombres gesticulando, uno también va de rojo y tiene una barriga protagonista. Pienso en que si supiera leer los labios tampoco podría hacerlo porque ya se ha apeado del autobús casi todo el mundo y éste sigue su trayecto, ladeado a la derecha por la descompensación de pasajeros momentánea. Así que giro –despacio- el cuello hacia el otro lado y a través del ventanal frontal del bus atisbo a otra chica que de nuevo llama mi atención mañanera. Pero esta vez no porque me guste su aspecto sino todo lo contrario. Lleva un chaqueta sobredimensionada, de lana chamánica y con una mezcla imposible de colores –de hecho esa combinación debería estar prohibida a esas horas de la mañana-. Interrumpe esta interesante disquisición cromática un carraspeo inhumano, procedente de un ser humano sentado a escasos metros de mí. Estoy alucinada por completo porque ha sido terrorífico, no sé cuántos decibelios habrá alcanzado. Me imagino que, en ese instante, los cristales del autobús estallaran ante mis ojos. Llevo puesto el iPod y escucho drum’n bass con el volumen muy alto y el sonido gutural me ha llegado hasta el tuétano. Lo aclaro para que nadie crea que exagero.

Mi parada ha llegado, me apeo y miro el reloj de mi móvil: las 9.58. A las 3 me habré olvidado de todo esto.