Creo que una de las cosas que más me gusta del mundo son las fotos. No solo verlas, sino también hacerlas, seleccionarlas, retocarlas: todo el proceso que te permiten tus ojos, tus entrañas, una cámara de fotos y una computadora con Photoshop instalado. Otro de mis "favoritos" en la lista es viajar en coche (o tren), mirando el paisaje y -condición sine qua non- escuchando música. Un viaje no tiene nada que ver si vas con o sin ella. No concibo, sencillamente, admirar un paisaje en movimiento sin una música de fondo. Cuando lo hago con los pies quietos en la tierra es diferente, pero, si voy viajando, en tránsito, desplazándome en cualquier cacharro con ruedas que me permita ver el mundo en fotogramas, la necesito para alcanzar la perfección emocional, para poder sentir esa mezcla de felicidad y libertad que sólo me dan esos instantes. Momentos en los que, curiosamente, no me apetece hablar. Y a mí hablar me hace feliz también, los míos lo saben.

Mi memoria conserva en su zona VIP muchos momentos increíbles en los que voy viajando y escuchando música. Y asocio mis recuerdos de multitud de lugares de paso a canciones distintas. Por ejemplo, recuerdo atravesar una montaña de Los Alpes austríacos -literalmente pues era un túnel- con la canción de SOS de ABBA. Sonaba en mi Ipod, el cristal estaba templado y transparente del todo y yo apoyaba mi mejilla en él, fipando con el estómago de la montaña gigante, irreal de tan inmensa y perfecta. Si pienso en las entrañas de un pico alpino, esa melodía viene sola a mi mente. Y si pienso el cambio de la autovía a la nacional en el trayecto de Madriz a Soria, en el bus de las 19.30 horas, es "Beautiful boyzs" de Coco Rosie quien pone la voz melancólica. La ocasión lo merece.

Pues si a eso le añado el uso repetido de una cámara de fotos digital llegamos a estadios de placer indescriptibles, mis endorfinas dan palmas con las orejas y se abrazan, alucinadas y agradecidas por ser liberadas a borbotones. Mis neurotransmisores declaran un indulto emocional sin precedentes. Mis ojos se abren como los de un muñeco japonés y por fin mis pupilas se sienten útiles. La retina retiene lo mejor, es su trabajo, las pestañas me hacen cosquillas y el rimmel intenta escaquearse pero da la nota con su reguero de negrura salada deslizándose por mis mejillas. Disimula diciendo que son lágrimas color sepia, fabricadas con tinta de verdad. Pero nadie le cree porque no hay en mi familia ni un solo antecedente con esa tonalidad, si acaso en las fotos antiguas.

La verdad es que lloro de puro contento, porque en esos momentos la vida me parece tan bonita como debe de parecerle al sol, cuando se va a sobar dejando a alguien tan vistoso como la luna brillando en su lugar.

Y yo escribía esto pensando en mi fin de semana, pero creo que la velocidad de obturación me va muy rápida. Casi no hay luz.