Se terminaron mis vacaciones. Y las de casi todo el mundo, qué consuelo. Si lo pienso, he sido una de las pocas personas afortunadas que el pasado dos de octubre, martes, a las cinco de la tarde, podría plantearse estar las 72 horas siguientes viendo capítulos de su serie favorita o películas o leyendo revistas y libros policíacos, tumbada en el mismo sofá, sólo cambiando de postura para no lacerarse más su osamenta. Una suerte monárquica o vivir como una reinona, vaya.

Las vacaciones en realidad están sobrevaloradas. Parece que tienes que pasártelo bien, viajar a algún destino paradisíaco, fundir la tarjeta de crédito y tener algún ligue efímero. Y si cuentas que has estado en Madriz, paseando, perdiendo el tiempo con tus amigos, leyendo, yendo al cine, ensanchando tu cintura y cumpliendo sin agobios los propósitos patéticos que todos hacemos por estas fechas, la gente sonríe forzosamente y te dice: “Anda, sí, también está bien eso, claro”. Y por dentro está pensando: “Vaya vacaciones de mierda, con lo bien que estuve yo en Zahara de los Atunes (o algún otro destino tipicorro y gafapasta).

En casos como el mío el regreso no es nada traumático, porque mi tarjeta de crédito sigue intacta, ya me estoy acostumbrando a ir al gimnasio, no he tenido que borrar ningún polvo infame de mi mente y ya llevo más de un mes con la piel blanca fluorescente. Y siento por dentro una tranquilidad emocional inmensa, como si hubiere disfrutado mis vacaciones en un monasterio cisterciense. El azar es caprichoso y a veces lo peor resulta ser lo único bueno.

Y además este viernes es fiesta y me voy de minivacaciones al Pirineo Navarro. Viva el otoño.