Hoy es un día para marcar en el calendario. Es el último día que recorro el trayecto casa-agencia-casa, después de tres años haciéndolo casi a diario, salvo cuando una enfermedad –fingida o real- o unas merecidas vacaciones me lo impedían. Hoy es la mudanza a un piso más amplio, a escasos metros del Templo de Debod, con espacios diáfanos ¿no se llamaba así el malogrado marido de Carolina de Mónaco? Y, lo mejor, luminoso ¡por fin el sol como colega del curro!

Pero hay cosas que extrañaré mucho: a Juana, la portera, por ejemplo. Una señora que parecía salida de una peli de Almodóvar, de hecho me recuerda mucho a Chus Lampreave. Se acercaba al grupito de fumadores y nos decía siempre algo: un refrán, un dicho. Tan entrañable. Y su “hola, hija” cada mañana.

También al maravilloso patio interior del edificio, tan bonito. La entrada al portal es de las antiguas, con una puerta doble con rejas, una entrada que imagino sería para carruajes y un gran portón con aldaba. En el interior un mundo aparte: un primer patio de piedra con escaleras a ambos lados que dan acceso a otras viviendas. En primer término, a la derecha, la portería, con su mesa camilla y su tapete de ganchillo. Después, siguiendo todo recto, accedes a otro patio, con los buzones en hilera y dos callecitas a izquierda y derecha. Y más viviendas. Un pequeño universo. Por último, al fondo del todo, lo mejor: una especie de jardín lleno de rincones mágicos y de plantas, con una fuente sin agua, bancos y unas escaleritas de piedra que conducen a una puerta de madera pintada de gris azulado, donde Juana guarda los contenedores. Sentada en ellas y por teléfono comencé y he terminado una fugaz historia de amor. Sus escalones guardan confidencias, el humo de mil cigarros, risas y quejas, mías y de mis compañeros. Supongo que también quedó en ellos alguna idea brillante, pisoteada.

Y lo que más echaré en falta será la ventana con mi árbol cuajado de hojas verdes, el horizonte donde a lo largo de este tiempo he mirado tantas veces, buscando inspiración.

Los señores de la mudanza revolotean alrededor nuestro, con sus uniformes oscuros y sus brazos musculosos. A mí me miran más que a mis compañeros masculinos. Yo me siento observada (como sinónimo de deseada) y les planto una sonrisa de oreja a oreja mientras les pido que tengan cuidado con unas cajas que llevan mi nombre. Hay uno que tiene unos preciosos ojos azules de esos que sonríen. Hay gente que sonríe con la boca y gente que lo hace con los ojos. El resto no le acompaña pero qué más da. Me cae bien porque está contento, como yo.

Ya están recogiendo los muebles, los ordenadores, las inmensas mesas de mármol blanco, excentricidad de mi jefa, que conforman cada puesto de trabajo. Son un diseño ad hoc, traídas desde Italia. Alguna vez he fantaseado con follar salvajemente sobre una de ellas, pero, al menos en esta oficina no ha sido real. Y el futuro es incierto.

Anoche soñé intensamente. Esta temporada los sueños conforman una amalgama de recuerdos y anhelos y hay cosas que ya no sé si las he vivido, las he soñado o me las invento. Ayer sustituí el Myolastán y Six feet Under por dos botellas de vino, un invitado que ya es como de casa y música de toda la vida. Fue todo tan cercano. Ahora una contractura punzándome el piramidal me recuerda que me salté la toma con premeditación y alevosía. Pero me importa un bledo, no pienso hacerle ningún caso. Puede que mis músculos de la espalda no estén relajados, pero el que hace que todo esto funcione, está tan pancho bombeando a toda máquina.

El sueño o recuerdo al que me refería se desarrollaba en las calles de mi Madriz, de noche. Yo salía de casa después de la cena que cito arriba. Por eso realidad y ficción se mezclan otra vez. Salía de casa, decía, y me encontraba con Alaska, sí, la de Dinarama y Fangoria. Me iba con ella de marcha, terminábamos en una cafetería que se transformaba de pronto en su casa. Yo anhelaba ver los cuadros de Mark Ryden -leí en alguna parte que inundan las paredes de su salón- pero el mobiliario era más bien clásico. Había un mueble-bar muy parecido al que hay en casa de mi madre y dos señoras, un poco como mi madre también, se ocupaban de que todo estuviera listo. Era muy almodovariano, una vez más. Luego se sumaba más gente, charlábamos animadamente y yo le pedía a uno de ellos que me hiciera una foto con Alaska. He terminado desayunando con esas señoras tan sabias, hablando del desamor y del tráfico.

Me he despertado asombrosamente bien, gracias a otro de mis trucos de botica: cuando has bebido, justo antes de dormir (al día siguiente ya da lo mismo), te tomas un ibuprofeno. Es mano de santo para la resaca. Y sin el Myolastán en sangre mucho más activa. A este peaso post me remito. En el metro había muchos asientos vacíos y me imaginé a todos los pasajeros agrupados en el centro del vagón jugando al juego de las sillas. El trayecto podría ser bien divertido.

Y mañana no trabajo. El lunes estreno agencia nueva y corte de pelo.

Renovarse o morir, dicen.