Somos amigas desde hace años. Grandes amigas. En los sitios pequeños la gente se conoce sin recordar la fecha exacta: de toda la vida. Lugares comunes, personas, vivencias y una ciudad diminuta donde coincidir no es una intención, es una rutina.

Hemos vivido experiencias parecidas, en paralelo: un noviazgo de años roto porque las fronteras de la mente se nos abrieron a la par, carretera y manta a países extranjeros -ella escogió Irlanda y yo Inglaterra- retorno al hogar materno el tiempo justo para coger aire y volver a marcharnos otra vez. Ella tiene alma de nómada. Y a mí se me contagia. Y las dos nos comemos la vida a bocados, entre risas y confidencias. Y una confianza de mirada cómplice, de asentimiento pícaro, un entendimiento en el que las palabras son tan accesorias como deseadas.

Hace unos pocos años coincidimos en la urbe. Vivimos juntas por un corto espacio de tiempo. La recuerdo al despertar: siempre contenta, como yo. Y con ganas de desayunar mucho y de abrazar el día.

Últimamente la vida, que a veces sabe lo que se hace, nos ha acercado otra vez a pesar de haber un océano entre nosotras. Qué más da. Y no sólo eso. Nos ha hecho tropezar con la misma piedra, la de la aventura, y ya hemos puesto fecha y sitio para volar otra vez del nido. Irnos con la música a otra parte.

Dicen que para viajar de verdad hay que hacerlo solo. Es posible que sea verdad, pero nos da igual. Y también que si se viaja acompañado hay que saber muy bien con quien te vas. Cuando no tenemos una ducha de agua caliente nos cambia el carácter. Ella es una de las pocas personas con quienes me iría al fin del mundo.

Y mientras ahorramos, borramos rescoldos de amores fallidos -hasta en eso volvemos a coincidir- ¿será que la vida no quiere que haya ningún obstáculo que nos despierte de repente?-, alimentamos el sueño vía online, para que en el momento de partir sea una realidad de la que no nos despertemos nunca. Y nos seguimos riendo, claro.

¡Viva la Pepa!