Nunca hubiera imaginado que la palabra “chotis” y “Scotland Yard” pudieran tener alguna relación etimológica. Tampoco “bacilo” e “imbécil” o “alioli” y “chándal”. Pero sí la tienen. El libro “Parentescos insólitos” va de eso y resulta tan curioso como interesante conocerlo. Es como esas parejas por las que nadie apuesta un duro, porque él no tiene estudios y ella sí o él es guapísimo y ella del montón o uno es de familia bien de toda la vida y otro de origen humilde y, sin embargo se enamoran y años después siguen juntos. A mí sólo pronunciar “compromiso” ya me parece dificilísimo, me atasco entre la la “p” y la “r” y no consigo terminar de decirla nunca.
Este fin de semana me quedé con ganas de dormir al raso mirando las estrellas. En mi tierra la tercera edad gana el pulso a la vida, porque el frío conserva mucho mejor. Las piedras hablan y los bancos del parque piden a gritos un cambio de aires. Cada diez metros hay un bar y cada dos pasos un abuelo. La gente habla de sus vecinos con la misma naturalidad que de la muerte. En las tiendas de toda la vida cuelgan el cartel de “Liquidación total” un año más. La misma ropa, la misma gente.
Y más muerte. Hacía años que no asistía a la misa de un funeral. Me tocó hacerlo porque en la amistad a veces hay que pasar a la acción. A la del corazón, se entiende. Pensé que la única parte bonita que tiene la ceremonia es cuando hay que darse la paz. Sentí la bilis subir por mi garganta cuando dos solícitas beatas comenzaron a pasar el cepillo entre los feligreses –y los añadidos-. Me pareció una falta de respeto total con el muerto. Después de todo él no puede ya decidir si enriquecer más, si cabe, al Vaticano, o hacer sonar las monedas en su bolsillo sonriendo con sorna al paso de las legionarias, como hice yo. Sin echar un duro, of course.
La familia de mi amigo declinó recibir el pésame. Yo me alegré interiormente por su decisión. A pesar de que el cura desde el púlpito lo repitió enérgicamente –fue la única parte de su discurso sensata-, algunas viejas se abalanzaban sobre ellos llorando con fingida afectación. Al final una piensa que si le quedaba alguna duda de su agnosticismo, de su rechazo a las religiones en general y especialmente (aparte del consabido Islam) a esta doctrina plagada de culpabilidades, beatería, pederastas e hipocresía que es la religión Católica, sólo tiene que pisar cualquier iglesia cinco minutos –si es de pueblo mejor- para reafirmarse en todas y cada una de sus críticas. Y comprobar, con desasosiego, que las oraciones son como las preposiciones y como montar en bicicleta: no se olvidan.
El paseo hasta el cementerio siguiendo al cortejo fúnebre me regaló encuentros añorados y carcajadas a destiempo. Los cipreses asomaban sus copas a lo lejos, por encima de los muros de piedra que circundan el camposanto. No entré. Aunque lo prefiero a una iglesia, la verdad. Al menos allí nadie intenta convencerte de nada. El campo estaba amarillo, agostado, y a pesar de las circunstancias y del calor, disfruté del paseo.
De regreso a mi Madriz los molinos de viento giraban a medio gas. Me encanta como se acoplan con el paisaje. Me relaja observar como sus hélices dan vueltas sobre sí mismas, incansables. Un montón de fotografías se disparaban en mi cabeza, mientras mi cámara de fotos yacía en el interior de la mochila, sin su batería-corazón. La olvidé. Creo que mi corazón también se quedó en mi tierra este fin de semana, de charleta tomando un café y fumando un cigarro en la terraza cuajada de geranios y de recuerdos, con mi madre y sus preciosos ojos verdes.

:-) A mi tambien me costo creer que el chotis es de origen celta:):
Pena de esas fotos...
Ten buen martes.(Da gusto leer,escribes muy bien)