Acabo de leerme “Carta al padre” de Kafka. Hacía tiempo que este texto rondaba mis libros de cabecera y este domingo con alma de lunes, en la penumbra obligada de mi apartamento orientado hacia poniente, con la única compañía de mi inseparable felina, mis libros y un cansancio acumulado fruto de horas intensas, ha sido el momento escogido para, por fin, devorarlo de una atacada. Con avidez y curiosidad acumuladas.

“Carta al padre es un relato” que te deja sin respiración poco a poco, te golpea con el puño en las emociones y te obliga a la reflexión: de las relaciones padres e hijos, de la inseguridad, de las frustración y de la culpa. De la debilidad humana. Investigo por Internet acerca de Kafka; hay opiniones diversas sobre la auténtica personalidad del padre. Por fortuna para él nunca llegó a sus manos esta lapidaria misiva.

En paralelo estoy enganchada a otra serie: Los Soprano. También le tenía ganas hace tiempo. Y en ella, es curioso, la vida del protagonista, Tony Soprano, un gángster con cara de trozo de pan, también está marcada por la difícil relación con su madre, una mujer déspota y cascarrabias, una anciana de armas tomar que saca loco al pobre Tony, que hiperventila cada poco y se ve obligado a acudir a una psiquiatra para canalizar su angustia. Y es que los gángsters también lloran.

La infancia es la etapa de la vida donde toman forma nuestras capacidades y talentos y también nuestras miserias y defectos. El carácter propio. De niños somos como plastilina: totalmente moldeables. Inevitablemente mi infancia acude a mi mente. Una vez me corté el pelo escondida detrás de un armario. No sé por qué lo hice –creo que quería tener flequillo- pero tengo un recuerdo nítido del cómo: agarré unas tijeras “de punta roma”, me metí en el “cuarto blanco” (en mi casa todas las habitaciones tenían asignado un color), y me agaché entre la puerta y el armario, en uno de mis escondites clásicos. Casi puedo sentir el chasquido de las tijeras en contacto con el pelo, amén de lo difícil que fue cortarlo con esa herramienta.

Iba metiendo los mechones debajo del armario, en una ranura entre las patas y el parquet. No sé cuánto rato estuve pero recuerdo que llevaba una larga melena castaña y rizada, que mi abuela no se cansaba de peinar: trenzas, coletas tirantes que me dolían, lazos, horquillas... Me corté un flequillo infame a ras de cabeza. Luego no recuerdo nada más. Mi madre me contó que fue tal la catástrofe capilar que tuvo que llevarme a la peluquería más cercana semioculta y me quedé sin melena. En las pocas fotos que conservo de esa época parezco un chico más junto a mis hermanos. Sonriendo.

No tengo muchos recuerdos de la infancia, más bien fragmentos repartidos en diferentes etapas. Pero la mayoría son bonitos. Mi madre, mi abuela, mis seis hermanos, las múltiples mascotas que nos acompañaron y sufrieron a la prole temible que conformábamos. No hubo ningún lujo pero “no nos faltaba de nada”, como repite mi madre todavía. Desde luego que no. Tuvimos amor incondicional, juguetes compartidos, cuentos y más tarde libros –a mi madre he de agradecerle mi pasión por la lectura-, mimos a deshoras y apoyo infinito.

Siempre la recuerdo diciéndome lo mucho que valía, animándome a comerme el mundo. Todavía hoy lo hace. Mi abuela, aunque ya no está aquí, fue otro pilar invisible que sujetó los cimientos de mi persona. Y junto a mis hermanos tejimos una red invisible de amor y respeto, que se ha ido ampliando con los sobrinos, las parejas de unos y de otros y algunos amigos, los más cercanos, que se convierten en uno más de la familia.
Y para que esto no parezca un pastel de fresa y nata diré que también discutimos, claro. Hay bromas míticas hacia mi madre que conforman un código secreto entre los hermanos. Tengo cicatrices de palizas fraternales, aunque sólo físicas. Y probablemente nos veamos menos de lo que podríamos vernos. Sin reproches.

Pero lo que sé es que somos una familia maravillosa y que a ellos les debo casi todo lo que soy.

Esta es mi “Carta al padre”.