La Coctelera

ciberia

13 Junio 2007

Lo que de verdad importa

Ayer fue un día grande para mí, a pesar de no poder acudir al concierto de Petersellers, que era al aire libre, gratuito y en un sitio con un nombre tan sugerente como Parque de la Bombilla. Nunca he estado allí y la recreación que mi imaginación hace de él cada vez que lo nombro o que escucho su nombre es la de un sitio lleno de árboles enormes, columpios con niños, un lago de cisnes y nenúfares (me suena a nariz esta palabra) y caminos serpenteando por todos lados, conduciendo a un mismo punto: una bombilla enorme, gigantesca, de las de antes, en las que sólo cambiaba el tamaño y la forma y que, si tenías la desgracia de que se te cayera al suelo, se rompía en millones de cristalitos minúsculos. En mi casa era de las peores desgracias que te podían acaecer. Decirle a mi madre: “mamá, se me ha roto una bombilla”, era poco menos que decirle, “mamá estoy embarazada”. Su cara, naturalmente dulce y luminosa, se oscurecía a la vez que sus ojos se entrecerraban, y su tono de voz, apenas un leve murmullo con olor a bizcocho, aumentaba en decibelios y en crudeza, como si el bizcocho se hubiera quemado. “Tú eres tonta Myriam hija, qué habrás ido a hacer”. Y para mi desgracia seguían apareciendo cristalitos durante varios días, que ensombrecían momentáneamente el gesto de mi adorada mamá, con pánico a que pudiéramos cortarnos un pie, como seguramente sucedió.

Esas bombillas tenían la gran ventaja de ser transparentes y así se veía claramente cuando se fundían porque el filamento estaba roto. Yo ahora cuando se apaga una luz nunca sé si se ha fundido la bombilla, se ha roto la puta lámpara o hay fantasmas.

Ayer fue grande, decía, porque hice dos descubrimientos importantes. El primero es un escritor y periodista argentino, que se llama Hernán Casciari. Descubrome el bonete ante él. Me pasé casi todo el día leyendo su blog (http://orsai.es), con infinidad de historias, cuentos, carajas y vivencias suyas y de su preciosa hija Nina. Escribe de esa manera entre la realidad y la ficción, mezcla de ingenio y de cotidianidad, de cercanía de charleta, como si las palabras no hubiera que buscarlas sino que saltarán de las teclas, sin ambages pero con colorido, ameno pero canalla, cabal y sin embargo absurdo, irreverente y muy divertido. Que te late, vamos. No le voy a perder la pista.

El segundo me llegó tan adentro que aunque pasó hace ya muchas horas sigo bajo sus efectos y endorfineo todo lo que toco. El motivo por el que no asisití al concierto de los Peterseller tenía que ser de fuerza mayor. Y lo fue, claro. Mi hermana se puso enferma, nada grave, el estómago y sus vericuetos, pero me pidió que fuera a dormir a su casa. Yo opino que un enfermo, de alma o de cuerpo, siempre debería tener quien le cuide, así que apreté bien los lazos que nos unen y me fui para allá, con la música, la birra y las petercanciones dándome pataditas en la espinilla de vez en cuando.

Llegué a la hora de hacer la cena y mientras mi hermana descansaba en el sillón los niños fueron poniendo la mesa. Les hice ñoquis que son unos trozos de pollo rebozados y congelados que se usan solo “en caso de emergencia” según mi hermana. Mis dotes culinarias debieron parecerle uno de esos casos. Los encontré muy solícitos todo el rato, es cierto, y se preocupaban de facilitarme las cosas como si no quisieran que nada perturbase a su mamita. Parecen adultos -pensé- cómo coño pasa el tiempo.

Después de cenar y recoger nos sentamos todos juntos a ver Camera café. Pues bien, ese fue el instante. Marga, mi hermana, estaba tumbada en uno de los sofás. Yo me senté en el otro, de tres plazas, en un extremo. De pronto, como si estuviese preparado, pero nada que ver, mi sobrino Álvaro entró desde su habitación corriendo y cayó directo a mi lado, abrazándose a mí con fuerza. Al mismo tiempo, Iván, que es más mayor y mucho más tímido, poco dado a demostraciones de afecto públicas, rodeó la mesa y se fue a sentar en el reposabrazos, para estar a mi lado y también poderme apoyar su cabeza en mi hombro.

Prometo que el tiempo se detuvo, que me pareció estar flotando y que los ojos se me llenaron de lágrimas de contento. Me quedé quieta, disfrutando del momento y me sentí tan feliz de estar ahí que ahora fui yo quien pegué una patada a todo. No hay canción en el mundo que suene como me sonaron ayer las querencias.

Así que este es el segundo descubrimiento: que mis sobrinos me quieren y mucho. ¿No es impagable?

Tags: carajas, cultura

servido por Ciberia 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

fernando

fernando dijo

Tubiste un dia precioso....Me alegro por ti.

13 Junio 2007 | 05:35 PM

chipitadechiapas

chipitadechiapas dijo

Qué placer más infinito el sentirse querida, verdad?

Ayer leí todos tus posts. Me gustas. Y me tendrás aquí dando follón día sí, día también :-)

Ah! Gracias por Hernán Casciari!

Un besote!!!

13 Junio 2007 | 07:36 PM

ciberia

ciberia dijo

¡Otro para ti Chipita! Tú también me gustas :-)

13 Junio 2007 | 07:57 PM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de Ciberia

ciberia

Madriz, España
ver perfil »
contacto »
Soy Ciberia. Apátrida y apóstata.

Fotos

Ciberia todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera