La anacrónica historia del Señor Piruleta da Oliveira
Hace muchos muchos años, en algún lugar perdido entre Portugal y Burgos, vivía un artesano, un maestro encuadernador experto en el noble
arte de la serigrafía y que además era un cuentista nato. Se llamaba Señor Piruleta da Oliveira. Sus vecinos le adoraban, los caballeros se quitaban el sombrero cuando pasaban delante de su taller, las señoras le sonreían y cocinaban para él ricas viandas preparadas por ellas mismas, para que el maestro así no tuviera que cocinar y pudiera dedicar todo el día entero a inventarse historias, a coser las tripas de los libros viejos vistiendo sus hojas desnudas con las más fantásticas encuadernaciones jamás vistas y a serigrafiar sus sueños en todo tipo de lienzos.

El maestro da Oliveira poseía un talento tan inusual que el gentío acudía desde todos los confines del reino a contemplar las bibliotecas de sus vecinos, auténticas obras de arte. Era el único pueblo de la comarca en el que los habitantes paseaban orgullosos sus colecciones de libros como si fueran mascotas. Así, podías ver al gobernador y su esposa rodeados de una colección de ensayos políticos yendo a comer a casa del alcalde. O al médico acudiendo a pasar visita cabalgando a lomos de su vademécum. Los niños jugaban con sus relatos de aventuras y se intercambiaban los personajes de un libro a otro y los prados estaban llenos de rebaños de novelas rosa cuchicheando con las vecinas. Por las empedradas calles de la
aldea dos policías escoltaban a una novela negra, en la plaza una multitud de partituras bailaban mecidas por el viento al son de la música de los violinistas y bandadas de cubiertas sobrevolaban los tejados.
En definitiva, gracias al Señor Piruleta los libros habían cobrado vida y la pequeña aldea se había transformado en un lugar mágico, donde extraer un apéndice no era una operación cualquiera y pasaban cosas tan curiosas como el romance clandestino entre la solapa de un libro y la de una chaqueta, que aunque no prosperó conmovió a todos sus habitantes.

Un día llegó al pueblecito un extraño personaje, un hombrecillo diminuto ataviado con un sombrero hongo, una chaqueta de cuadros naranjas y rojos, pantalones hasta media pierna, medias rojas por debajo de la rodilla y un maletín de cuero marrón, asido fuertemente a su pequeña manita. En el mismo instante en que puso un pie en el sendero de entrada a la aldea todos los relojes se detuvieron. Los vecinos, extrañados por el suceso, no repararon en su presencia, y el singular hombrecito cruzó el pueblo de un extremo a otro, sin detenerse, perdiéndose en las tinieblas vespertinas sin que quedase memoria de su visita.
Sólo un rato más tarde, cuando las agujas de los relojes comenzaron de nuevo su andadura, alguien se dio cuenta de la ausencia del maestro da
Oliveira. No estaba en su taller y nunca hasta entonces había salido de él. En la mesa de trabajo un libro destripado agonizaba suplicando ayuda, mientras una hilera de letras escapaba, bajando en fila india por una de sus patas. La voz de alarma atravesó el pueblo de punta a punta, los vecinos estaban consternados y el alcalde mandó a las fuerzas del orden a limpiar la zona. Todo el municipio salió a ayudar en la infructuosa búsqueda del artesano. Pero nadie encontró ni una sola pista sobre su paradero. Ni un resto de tinta, ni un trozo de hilo, ni un remache. Nada.
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Cuando levantó la vista el Señor Piruleta dio un respingo: ¿dónde demonios estaba? Miró a su alrededor y se quedó paralizado: multitud de personas vestidas de manera extraña pululaban sin apenas mirarse de un lado a otro, esquivando a unos artefactos con ruedas que desprendían un humo oscuro y pegajoso y hacían un ruido atroz. Bajo sus pies no había arena ni piedra, sino una superficie gris oscura con rayas blancas pintadas a intervalos. El humilde artesano, que no tenía un pelo de tonto, muy pronto se dio cuenta de que había viajado en el tiempo hasta llegar al futuro y, por primera vez en su vida, sintió miedo.
Cuando recobró la calma decidió no amilanarse y comenzó a preguntar a
los transeúntes donde podría encontrar un maestro encuadernador. Pensó
que sería más fácil explicárselo a alguien como él, que amase los libros. Con su pajarita, su chaqueta raída y sus pantalones bombachos la gente sonreía y le miraba divertida. Pensaban que era un chiflado. Pero como el señor Piruleta transmitía una energía especial, casi mágica, no se asustaban, al contrario, enseguida le condujeron a un pequeño taller en el corazón mismo de Madrid -así se llamaba la ciudad-, donde el maestro, casi sin darse cuenta, encontró su hueco.
Allí, entre viejas máquinas de serigrafiar cubiertas de polvo y de historias inacabadas, desvencijadas mesas de dibujo, flexos de bombillas desdentadas y los más variopintos materiales de encuadernación que cabían en su imaginación, su corazón se esponjó de nuevo y decidió no mirar hacia atrás. Barrió las letras de los rincones y empezó a trabajar ese mismo día.
Los vecinos nuevos, aunque vean el fútbol y no lleven sombrero, se sienten dichosos con su presencia. Da igual la hora que sea, el Señor Piruleta siempre está ahí, compartiendo con quien se acerca su brebaje amarillo y su sabiduría. Se dice que encontró a una Señora Piruleta y que juntos siembran la ciudad de álter egos de trapo y de historias increíbles. Formaron una gran familia pintada a mano y cosida con infinito amor. Los libros de muchas bibliotecas escapan de sus estanterías para acudir al taller a conocerle y, con suerte, a ser reparados por sus manos expertas.
De su pequeña aldea poco se sabe, salvo que un día los libros desaparecieron. Ahora los vecinos van a misa y se creen todo lo que les
dicen. Sólo los más viejos recuerdan lagrimeando a aquel artista de tomo y lomo que un buen día desapareció.
Quizá algún día aquel anacrónico hombrecillo del sombrero hongo atraviese otra vez la urbe de punta a punta deteniendo el tiempo y llevándose con él al Señor Piruleta. Pero eso él no lo sabe. Eso nadie lo sabe.
Fin
Nota: si quieres saber más sobre la anacrónica historia del Señor Piruleta da Oliveira puedes hacerlo en www.srpiruleta.es. Y si quieres conocer a su familia de trapo te recibirán encantados en www.eresdetrapo.info.


fernando fernando fernando dijo
Muy bonito,el cuento,,,
10 Junio 2007 | 11:41 PM