Me he enamorado de una voz. Una vez más. Hay quien se enamora de la luna o de sí mismo. Hay quien pierde la cabeza por una buena delantera o por una sonrisa de medio lado. A mí las voces me derriten. No puedo evitarlo. La de hoy era grave, viril pero sin aspavientos, sutil como la lluvia del norte, sensual como la yema de un dedo sobre la lengua, profunda y cariñosa. Una voz que lo mismo te grita: "venga nena, desnúdate ya" y se me caen las bragas hasta los tobillos -con perdón-, que te susurra: "amor mío, tengamos un hijo", y me vuelve a pasar lo mismo.

Como siempre que me enamoro no me la quito de los oídos y hasta que encuentre la manera de quedar con su dueño -puedo ser muy obstinada-, la he escuchado ya en forma de cuña promocional más de quince veces. Esa manera de decir “Llama ya al (…)” me tensa las cuerdas vocales tanto que cuando voy a hablar me sale un gemido. Ay.

Y luego ese cambio de registro que me vuelve loca. Lo mismo se pone vendedora y seguro que siempre llegaríamos a fin de mes, que se pone cadenciosa y se gana a mi madre a la primera.

Y, claro, luego está el dueño, que todos los trajes buenos tienen su percha. Pues yo es que no soy objetiva, lo reconozco. Ya una vez me enamoré de un voz y cuando se rompió el encanto me desperté un día al lado de un tipo al que no soportaba escuchar. Enajenamiento fónico me diagnosticaron.

Pero esta vez… seguro que es distinto.