Hoy es lunes y aunque en Madrid llueve yo ya no estoy rodeada de agua por todas partes. Ahora hay una que me une a la realidad y rompe el equilibrio acuático que había adquirido los últimos nueve días en las Islas Canarias. Allí el mar es el que manda y cuando sube la marea se te come el terreno y no puedes hacer nada. Sólo esperar a que vuelva a bajar y entonces, si quieres, puedes asomar tímidamente el pie y pisar, pero a sabiendas de que no vas a dejar huella durante mucho tiempo. Sólo hasta que el agua reordene todo, así son las cosas. Sin embargo merece la pena quitarse la ropa, toda y lanzarse dentro del agua, dejarte llevar por la corriente marina, aunque luego te sientas un poco a la deriva. El agua es lo que tiene. Y es curioso cómo, a pesar de estar rodeados de agua, carecen de ella para la necesidad más básica de esta vida, beberla. A veces pensamos que lo tenemos todo y luego resulta que no tenemos nada. O al menos nada de lo que realmente importa.
Como esos marineros cuya patria es el barco en el que navegan de un sitio a otro. A veces sucede que arrivan a un puerto y se quedan allí, a la espera de que el armador decida emprender de nuevo la marcha. Pero ocurre que muchos de esos barcos son inmensas moles de chatarra que nadie sabe cómo flotan y necesitan ser reparados. Y los armadores deciden no hacerlo, o esperar o deshacerse de ellos. Y entonces quedan amarrados en el puert como gigantescos esqueletos de hierro. Y con ellos la tripulación, muchas veces sin papeles que les permitan ser libres en tierra firme, quedan también atrapados en los muelles, a veces durante años, a la espera de cobrar sus salarios, sin poder siquiera salir del muelle porque desconocen el idioma o porque no tienen dinero y sin posibilidad de regresar a sus hogares, a no ser que sean repatriados, lo que a veces no sucede por marañas burocráticas o porque ellos prefieren esperar a recuperar su salario y su dignidad perdida. Es como si fuera un mundo aparte. Un mundo de óxido, de chapa, de sal marina y sudor. Y de frustración, supongo. Un limbo a medio camino entre el mar y tierra firme. Un cementerio de barcos y en cierto modo, también de personas, condenadas a vivir y quizá a morir allí, lejos de su patria y lo que es más importante, lejos de sus seres queridos. Muy cerca de ellos están los que se lanzan a la desesperada en ridículas pateras a intentar , casi siempre sin éxito, echarle un pulso al oceáno y a la vida. Qué paradojas.
Ahora que he tomado un poco de distancia siento que es muy fácil echar de menos el mar. Me he traído, eso sí, un puñado de sonrisas, un poco de arena aquí y allá y el sabor de la sal en los labios. Y aunque este viaje apenas he hecho fotos, tengo un recuerdo nítido casi todo el tiempo en mi cabeza y, lo que es más importante, en mi corazón.

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