AUSTRIA, SEMANA SANTA DEL 2007
JUEVES, 5 DE ABRIL DE 2007
Viajamos Carol, Pablo y yo. Allí nos encontramos con la dulce Lisi. Olé.
DATOS DEL VUELO: Volamos con Iberia (casi Ciberia…). Son las 19:50, llegaremos a Munich a las 22.30 y de allí en taxi a Innsbruck, capital de El Tirol. Mi asiento es el 8ª y vuelo justo encima de un motor ¡me pedí ventanilla! Aún no hemos despegado pero yo me siento volando. Estoy feliz.
COSAS RESEÑABLES: Primera parte del viaje sin agobios típicos. Ni colas, ni retrasos grandes, ni despistes de los míos. Buen presagio.
22.12: Sobrevolamos el aeropuerto de Munich. Estoy en Alemania y leo “Suite francesa”, curiosamente un libro que trata sobre la ocupación alemana durante la II Guerra Mundial. Se desarrolla en París y está dividido en dos partes. Es un libro inacabado, ya que su autora, Irene Nemirovsky, fue detenida y conducida a un campo de concentración, donde fue gaseada. Era una judía ucraniana, reconocida escritora, casada –su marido también fue asesinado por los nazis- y con dos hijos, que lograron sobrevivir al Holocausto. Fue su hija quien, mirando los cuadernos de notas de su madre, descubrió la novela inacabada, la recuperó y la publicó, muchos años después de la muerte de su madre. Qué historia.
03.09: Estoy en un tatami divino que comparto con Carol. Munich tiene una luna enorme, blanca y redonda como un queso. El viaje en taxi desde allí hasta Innsbruck ha estado lleno de sensaciones para mí. Me gusta viajar en coche de noche, viendo las estrellas. Las canciones del día “Exactly by me” y “Everywhere”, ambas de Bran Van 3000. Siempre que las escucho me gustaría estar viajando. Hoy lo estaba haciendo.
Las autopistas alemanas no tienen límite de velocidad y el índice de accidentes es mucho menor que en España. Saquemos conclusiones…
La sensación que más me ha impresionado, en medio de la oscuridad, ha sido sentir las montañas: son impresionantes, enormes y oscuras moles que rodean la ciudad. Estoy deseando verlas de día. El apartamento de Lisi es acogedor y, bueno, de apartamento no tiene mucho: su salón es como toda mi casa. Cuando llegamos nos esperan Lisi, Úrsula, Sigrid y Reese. Sigrid y Ursula son austriacas, amigas de Lisi desde hace años. Y Reese es un galés, amigo de Sigrid. También nos esperan una botella de vino blanco, una tableta de chocolate y una cena deliciosa a base de salchichas. A fumar a la terraza, eso sí, no podía ser tan perfecto.
Y mañana ¿qué sorpresas nos esperan? Estoy impaciente y agotada, curiosa mezcla.
NOTA ALIMENTICIA: Creo que esto es el paraíso del chocolate, así que soy la reina, por supuesto. Las salchichas (Würstchen) están deliciosas. Cené una blanca, que se cuecen en agua, con una piel gruesa un poco repugnante. A simple vista parecía un pene flácido, pero, como si se tratase de una persona poco agraciada físicamente pero de corazón de oro, al probarla he sucumbido ¡qué rica! Se come con una mostaza dulce y acompañada de alguna de las exquisitas variedades de pan que hay.
VIERNES, 6 DE ABRIL DE 2007
¡BUENOS DÍAS INNSBRUCK!
10.00: Como era de esperar me despierto la primera. He soñado con M. Recuerdo el final del sueño: él estaba tumbado y yo le acariciaba la cara, tenía pequeñas heridas, como rasguños. Le pregunté si estaba bien y me atrajo hacía sí. Nos abrazamos y besamos con una confianza que nunca hemos tenido en la vida real. Me sentía inmensamente feliz. Menos mal que el despertar, con la luz entrando a raudales por la claraboya y por todas las rendijas que quedaron sin tapar me hace darme cuenta de que, menos mal, no estoy en casa. Y, como diría Calderón, “que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”.
Desayunamos en manga corta en la terraza, las montañas asoman desafiantes por detrás de los feos edificios que circundan el apartamento. Parecen de cartón piedra, como si fueran parte de un decorado. El sol ilumina tanto que las gafas de sol resultan imprescindibles.
21.30: Estoy haciendo una tortilla de patata. Creo que hacía años que no cocinaba una. Le estoy poniendo mucho mimo y dedicación. Mientras las patatas adquieren la consistencia adecuada… escribo.
CRÓNICA DE VIERNES DE PASCUA
Las montañas de Innsbruck son, sencillamente, imponentes. Rodean la ciudad como si se tratase de una fortaleza natural. La nieve sobre su superficie brilla tanto que por algunos sitios parece un espejo. La cima está totalmente cubierta y desde ella caen pequeñas lenguas plateadas que llegan hasta casi la mitad de la montaña, de color verde intenso. La falda no tiene nieve por la época del año, pero a la vista el color que prevalece es el blanco, nítido, puro y resplandeciente.
Lisi vive casi en el centro y lo primero que debemos hacer es desayunar bien para afrontar el día. Vamos caminando hasta el centro histórico, cuajado de casas de colores y tejados que hacen recordar al típico cuento de navidad. Hay edificios muy lindos –a pesar de que Innsbruck en general no es una ciudad linda-. Hay uno de ellos que encierra un secreto que ya casi todo el mundo conoce: si acercas la boca y cuchichas algo a uno de los lados de la puerta de piedra de forma cóncava que tiene, y en el otro lado alguien acerca el oído, se escucha perfectamente lo que digas, aunque hables en un susurro. Así que en Innsbruck hay una casa que habla y te cuenta cosas. Y otra que tiene un tejado de oro, desde donde el emperador F. José saludaba a su pueblo. Me imagino a Sisí emperatriz ahí, con sus vestidos fantásticos y su cara de actriz de Hollywood, sonriendo con la nariz roja.

Innsbruck es una ciudad pequeña, con apenas 100.000 habitantes. En ella se han celebrado dos veces Olimpiadas, la primera en 1964 y la segunda en 1976. Para conmemorar la repetición encendieron dos antorchas olímpicas. Una vez al año tienen lugar una competición de saltos de esquí, que el día 1 de enero veíamos en mi casa, cuando el 1 de enero yo aún veía algo. Nunca imaginé que conocería ese estadio, impresionante como el precio que pagamos por subir a verlo metidos en un ascensor en forma de cabina de cristal. Desde arriba las copas de los árboles se veían pequeñitas y lejanas, estábamos a 250 m sobre el nivel del suelos. El trayecto hasta allí lo hicimos caminando, desde el centro de Innsbruck, riendo y pensando en la cerveza que beberíamos al llegar. Por el camino nos topamos con una casa recubierta de hiedra, con un cerezo en flor en su jardín y un montón de campanas de diferentes tamaños. Lisi aclaró que era una fábrica de campanas artesana.
Las calles de esta pequeña ciudad están atravesadas por cables, pues tiene tranvía –me encantan las ciudades con tranvía- y en ella habitan un montón de estudiantes, ya que alberga una gran universidad, donde estudió nuestra Lisi. La primera vista de pájaro –a golpe de talonario, como todo- nos la ofrece un mirador situado en pleno centro histórico. Lisi me cuenta que apenas dos meses atrás un chico se suicidó saltando al vacío desde allí arriba, con los turistas en las terrazas anexas, disfrutando de la vida. Qué cruel paradoja.


Antes de ir al estadio de esquí desayunamos en una enorme cafetería. Pablo se comió un STRUDEL, que es una especie de pastel relleno, en este caso de manzana, los hay de muchas cosas. Tras el copioso desayuno paseamos por el centro, alrededor de un mercado de Pascua lleno de puestos con huevos de colores, pintados a mano –algunos son verdaderas obras de “ovoarte”- , puestos de comida, básicamente salchichas y birra. Carol y yo encontramos reminiscencias fálicas en parte del mobiliario urbano y nos reímos con los sombreros tiroleses y demás souvenirs que, como su condición indica, son muy horteras. La buena acción del día fue devolver unas gafas de sol que nos encontramos mientras bebíamos la “cerveza tirolesa Nº1” . Con Carito al lado cualquiera intenta quedárselas. Lisi y yo lo hubiéramos hecho…
Las fotos comienzan a surgir por doquier. El viaje va a estar documentado a cada momento. La extensa parte gráfica ocupa un minúsculo espacio dentro de la memoria de la cámara –viva la tecnología- y la parte escrita ocupa lo que ocupan las palabras en este cuaderno de bitácora.
Al volver del estadio paramos a comer en un sitio muy típico. Degustamos una comida típica austriaca, aunque yo pido una ensalada para regocijo de mi maltrecho estómago. Todos los platos tienen unos nombre imposibles de recordar, son muy especiados, gastronomía pesada propia de lugares fríos, donde la mejor arma contra las heladas era un calórico y humeante plato de comida. Mucha patata, mantequilla, quesos deliciosos y buenas carnes. Todo está muy rico en general. O teníamos más hambre que un perro chiquitín. Regamos los manjares con una jarra de cerveza que es casi tan grande como una cabeza. La mala acción del día fue involuntaria, ya que el camarero nos dio mal el cambio. Esta vez tapamos la boca de Carol a tiempo y equilibramos la balanza. Después de comer fuimos paseando hasta el súper, para bajar la comida y comprar provisiones para la cena. Todos compramos chocolate para llevar a España y Pablo también mostaza y salchichas. La sección de cervezas era impresionante y merecía una foto. Volvemos a casa pensando en una gran siesta, que nos haga recordar que somos españolitos de pro –Pablo es argentino, pero ya ha apunta maneras-. La sorpresa es que ronco como Pablo, así que Carol tiene BSO en estéreo. La culpa es de un resfriado que arrastro desde una reciente y glaciar noche madrileña.
DATO CLIMÁTICO: Llevamos todo el día en manga corta y la luz del sol nos permite llevar gafas de sol incluso en el interior de la casa de Lisi, que tiene ventanas en el techo.
DE CÓMO CARITO SE TRANSFORMÓ EN “THE QUEEN OF THE NIGHT”
Dos horas de letargo despejan los suficiente como para afrontar una larga y divertida noche. Pablo, que es como un osito, y yo dormimos profundamente, Lisi, con su resistencia tirolesa no duerme nada y Carito lo justo para darlo todo un rato más tarde, de clubber.
La tortilla de patata me queda buenísima; a pesar del tiempo en que no elaboraba una o precisamente por ello, resulta en su punto. Pocho la cebolla despacio en trocitos pequeños y añado las patatas cortadas en rodajas finas, dejándolas freír sin atosigarlas y, sobre todo, sin aplastarlas. Debe de ser muy molesto que una rasera te deshaga en pedacitos. Quizá faltó un poco de sal, pero me acababa de despertar. Me faltaba incluso a mí.
Después de ponernos guapos –Carito deja que la maquille-, nos vamos a casa de Sigrid, la lindísima y encantadora amiga de Lisi, tortilla en mano, con algunas botellas y muchas ganas de fiesta. Cenamos nosotros cuatro, Sigrid y Reese, un galés de 24 años y con mucha vida a sus espaldas, e igualmente encantador. Carol saca la viperina y le bautiza “The Phantom”, por un exceso de ego un poco acusado aunque en ningún caso molesto ¿o no estamos rodeadas de argentinos?
Sigrid es deejay y tiene platos en su más que confortable pisito de soltera. Le gusta el techno minimal –socorro- y el elektro. Después de cenar nos ofrece una sesión que a todos nos gusta, especialmente a Pablo. Mientras Carol y yo empezamos a afilar la lengua, Sigrid, Pablo y The Phantom viven un momento de comunión músico-festiva. Lisi, como siempre, sonríe.
La noche se desarrolla después en un club de techno, sin muchas pretensiones pero amplio y lo suficientemente underground como para sentirme a gusto. Hasta allí llegamos en un taxi, que tiene de levantamiento de bandera 5,50 eurazos. Toma ya. Menos mal que está cerca y no llegamos a superarlo.
El garito tienen birras a tres euros, una pista llena de gente y de los fucking flashes que me alejan de inmediato y un futbolín donde Carol termina de ponerse a punto. Al poco de llegar sacamos el radar hormonal: localizamos a dos austriacos que están como un queso de la región: altos, rubios, tostados por el sol de la montaña: lujo tirolés. La pena es que el refrán de “Jacobo, cuanto más alto, más bobo” se cumple con creces. O eso o no tienen sangre en las venas, porque no nos hicieron ningún caso, a pesar de que yo le pedí fuego al mío cuatro veces y de que Carol, cuando ya no era Carol, utilizara una de las gruesas rastas del suyo como micrófono improvisado. Ellos se lo perdieron, y nosotras, claro ¡un despropósito!
Si tuviera que resumir en una sola palabra la noche que vivimos sería “Carol”. Estuvo colosala. Cuando apagaron, por fin, el maldito flash me fui a la pista a bailar sola durante un rato. Pinchaban elektro bastante oscuro y me desfogué dejándome invadir por los sonidos. Había gente bastante peculiar a mi alrededor, y bastante pedo también: una panda de dos o tres amigos que seguían una especie de ritmo orgiástico que no iba para nada con la música, con ritmos mucho más cortante que pasionales. A poca distancia estaba mi fichaje junto a sus amigos. Parecían asiduos del local –el séquito del deejay- y aburridos en su altivez.
Cuando me cansé de bailar fui a buscar a estos, que jugaban al futbolín desde hacía largo rato. Pensé en irme a dormir ya y así se lo dije. Carol, con voz beoda dijo: “Do me void contdigo, pedzo vamos a acabdz ezdta cedveza a la pidzta”. Accedí a regañadientes. A partir de ahí ya no pude parar de reír hasta que cerré los ojos para dormirme. Carol bailó, cantó, habló y actuó como si estuviera poseída por alguien que no era ella y que, al mismo tiempo, no podía ser más que ella. Todos nos divertimos muchísimo y el momento en que bailó con The Phantom (en éxtasis místico) puede pasar a los anales del absurdo sobradamente. Mientras Carol se consagraba definitivamente como “The Queen of the night”, yo hacía fotos y lanzaba carcajadas, Sigrid y Pablo desprendían feromonas, The Phantom buscaba la letra “r” y Lisi, como siempre, sonreía.
El camino a casa mantuvo el nivel. Lisi y yo proseguimos de paparazzi, e incluso nos escondíamos tras los coches tratando de sacar un “robado” de alguna de las dos improvisadas parejas. A esas alturas Carol Roger y The Phantom Astaire habían comenzado con el tango, Papá y Sigrid mantenían la compostura como podían y yo me había soltado a decir chorradas a un austriaco en bicicleta que ni siquiera era guapo. La única salida era pensar en la Mouse de chocolate y el tiramisú que aguardaban en el frigo.
NOTA BORRACHINA: Sé que no sólo fue el alcohol lo que hizo que esa noche fuera tan especial, tan divertida y tan memorable. La energía positiva nos envolvía y nos protegía como el papel de burbujas.
NOTA BORRACHUZA: Cuando bebes mucho apenas te tumbas en la cama y cierras los ojos pasas a un estado de letargo que puede definirse como el de un oso hibernando. Pero, si bebes mucho mucho es probable que descanses mal, te despiertes con la boca seca y sudoroso. Y ya si te coges un chuzo como el que se cogió Carito es fácil que sientas una náusea que te retuerce el estómago como si fuera una tenaza, que te levantes buscando un baño que no ubicas y que termines vomitando en el suelo del salón donde Pablo ronca; y en tu inconsciencia beoda te desnudes ahí mismo y te pongas a recoger tu sobrante con una pose más cercana a la de una pornochacha que a una borracha, para terminar regresando a la cama a menos de dos horas de levantarte de nuevo para viajar al pueblo de Lisi.
Después de ponerme ciega de chocolate y acostarme (las 05.25 am) mandé sms a alguno de mis seres queridos: mi mami, Eli, Elenita y Orate. Hay muchos más pero la distancia todo lo simplifica. Y las tarifas telefónicas internacionales también.
SÁBADO 6 DE ABRIL
CAMINO A MATREI IN OSTTIROL
09:45: Abro los ojos lentamente: tengo miedo de la resaca y de mis ojos, probablemente secos y pegados debido al humo del tabaco y a la escasez de sueño. Para mi sorpresa, ni lo uno ni lo otro se manifiestan. Lo que comienza a manifestarse es un sobrante de carne alrededor de mi osamenta. El chocolate está tomando forma humana, glups. Otra vez el sol ilumina la claraboya y enciende mi sonrisa.
Preparo el desayuno para todos junto con Carol, que nos cuenta su incidente beodo mientras tratamos de sacudirnos el sueño a golpe de café bien cargado. El recuerdo de la noche anterior me hace estallar en carcajadas espóntaneas cada pocos minutos, como si estuviera un poco chiflada. Menos mal que a Lisi y a Pablo también les ocurre.
De vuelta a hacer las maletas, porque a las 11.30 sale nuestro hacia Kitzbühel (pronúnciese Kitbil). Algo sucede pero ahora me cuesta mucho más cerrarla; menos mal que mi culo ha adquirido una consistencia que me permite hacer fuerza sentándome, hasta conseguir dar la vuelta a la cremallera y ahogar el chocolate que compré entre mis vaqueros y la ropa interior.
El viaje en tren es delicioso. De nuevo me vuelvo a sentar en el lado de la ventanilla, y a la izquierda. Es curioso que a lo largo de todo el periplo siempre voy a ocupar ese sitio, da igual qué medio de transporte utilicemos. A veces las coincidencias son tan peculiares que parecen tener algún significado, aunque ignoro si este es el caso.

A lo largo del trayecto la imaginación se me pierde entre la inmensidad y la blancura de las montañas que vamos dejando atrás. Llevo puesto el iPod y la música fluye como el agua de los riachuelos que serpentean las montañas. Observo somnolienta como Pablo, Carol y Lisi charlan animadamente. La noche anterior sigue presente y la sombra de la resaca todavía no se cierne sobre Carol exageradamente. Lisi me da a probar una bebida que sabe a pica-pica de golosina. Me viene a la mente el carrito de “Las Garrapinchas”, mi particular lugar de peregrinación cuando era una niña, en Soria, y le sisaba a mi madre cien pesetillas del monedero. La mezcla de sentimiento de culpa y nerviosismo y el color de las chuches.

Llegamos a Kitzbühel a la hora prevista. Carol tenía razón cuando me contaba que la fonética de esta palabra está muy lejos de su ortografía. Sus padres estuvieron en este pueblo y tardaron en encontrarlo pues nadie sabía dónde estaba “Kizbujel”.
En la puerta de la estación donde nos apeamos está esperándonos una flamante furgoneta de nueve plazas con el nombre del hotel de los padres de Lisi rotulado por doquier: Rauters. También nos espera una señora rubia, de preciosos ojos azules y gran estatura, casi tan grande como su sonrisa. Su cara se ilumina al ver a Lisi y comienzan a hablar en alemán y estallar en sonoras carcajadas. Nos acoge con mucho cariño y partimos hacia Mattrei. Pasamos por un pueblo muy pijo, que parece ser que es algo así como la Marbella de El Tirol. ¿Habrá también un Julián Muñoz?
Mattrei in Ostirol tiene alrededor de 3.000 habitantes, 5.000 sumando las pedanías aledañas. El paisaje desde el coche es precioso: montañas inmensas que albergan pequeños pueblos de casitas de chocolate, riachuelos naturales cuyas aguas provienen del deshielo de las montañas, nubes de algodón que quedan atrapadas en las cimas, confundiéndose con la nieve y dando la sensación de que desde allá arriba puedes tocar el cielo, azul, límpido, que contrasta con el verde intenso de los campos. Pinos que surgen en manadas y cuya altura parece insignificante al lado de las cumbres. Lisi me cuenta que antes el acceso a los núcleos urbanos era muy difícil: había que subir una montaña gigantesca para después bajarla. Hace unos años, pocos, se construyó un túnel de 12 Km., el cual ahora atravesamos. ¡Estoy metida en el estómago de una montaña!
Aunque estoy cansada la emoción, el paisaje y la música me impiden dormir. Carol ha caído y Pablo da cabezadas.
EL RECIBIMIENTO MÁS CÁLIDO DEL MUNDO
Dice el refrán “de tal palo, tal astilla”. Bueno, en este caso creo que se cumple con creces. Lisi es el resultante de juntar la alegría, la locura y la simpatía de su madre con la elegancia y el don de gentes de su padre. El corazón supongo que procederá de ambas partes.
El Hotel Rauters **** de Herman e Ilse Obwexer pertenece a su familia desde que, hace muchos años, un antepasado de Lisi (Obwexer) se casara con un Reuters y la dinastía hotelera se desviara a este apellido, conservando el antiguo nombre. Hace 25 años lo reformaron, construyendo un nuevo y moderno edificio. Al lado, en la antigua casa que fue el hotel, abrieron un amplio restaurante con tres ambientes diferentes. Tras saludar a la familia y tomar un tentempié nos vamos de cabeza a la siesta.
A lo largo de este viaje me sucede que tengo unos sueños muy curiosos, algunos agradables y otros no tanto, pero de todo ellos me acuerdo de manera muy nítida. Esta siesta fue un error y me despierto como si necesitara diez horas más de sueño.
El pueblo en sí no es muy lindo. Construcciones tirolesas mezcladas con auténticos horrores arquitectónicos, casas muy desperdigadas y un olor a estiércol repugnante que me hace sentirme más urbanita que nunca. Prevalece un color, el marrón, que contrasta con el verde de los campos y que junto al azul del cielo, una valla de madera y un tractor en la lejanía conforman la típica escena bucólico-rural. Pero las montañas consiguen que todo adquiera otra dimensión diferente y que este pueblo no muy agraciado parezca sacado de un cuadro de un pintor flamenco.

Tras circundar el pueblo paseando, saboreando el olor del estiércol que las tierras de un tío de Lisi despiden, nos acercamos hasta un castillo imponente que se encuentra en la entrada del pueblo, aunque un poco apartado. Como todo castillo que se precie, sus muros de piedra encierran una peculiar historia: el único dueño y señor es un sombrío hombre que vive allí solo, con varios perros guardianes que custodian su fortaleza. No deja que nadie visite el castillo y por eso nos quedamos en la falda, tumbados en un prado precioso, cogiendo fuerzas para regresar.
De vuelta al hotel nos cambiamos para cenar con los padres de Lisi. Ninguno de nosotros esperaba encontrar una mesa tan elegante y bien surtida. El vino portugués riega la velada y enciende las miradas. La nota más desternillante la pone Pablo, cuando en un despliegue de buenas maneras argentinas, y al poco de recitar un discurso de agradecimiento traducido por Lisi, afirma o pregunta, no se sabe muy bien, con voz cordial: Y aquí, en este entorno, debe descansarse muy bien por las noches ¿verdad? Su expresión cándida, sus buenas formas y acento cálido son suficiente resorte para que Carol, sarcásticamente responda: “Sí, papá, el mugido de las vacas les ayuda a conciliar el sueño”. Lisi casi no puede traducir del ataque de risa que tiene, al igual que yo. Pablo se sonroja como sólo él sabe hacerlo y los padres ríen al vernos a nosotros hacerlo.
Después de cenar vamos al único bar del pueblo, que ni siquiera está registrado como tal y es regentado por un matrimonio entrado en años, sonrosados y simpáticos ambos consortes. No hay extracción de humos y la nebulosa que invade todo es tan densa que cuesta reconocer a las personas al otro lado de la barra. Está lleno de lugareños, todos conocidos y bastante bebidos. Carol y yo nos retiramos enseguida. Pablo y Lisi se quedan más, emborrachándose con la pandilla.
DOMINGO, 8 DE ABRIL
ESQUIAR EN LOS ALPES MOLA MUCHO
Es domingo de Pascua, el sol vuelve a brillar, aunque a primera hora algunas nubes presagiaban lo contrario. Afortunadamente, el cielo se despeja y después de un copioso desayuno familiar, en casa de los abuelos de Lisi, Ilse nos lleva hasta la estación de esquí, apenas a cinco minutos en coche del pueblo.
NOTA ALIMENTICIA: Ya es el tercer día aquí y seguimos comiendo como si no hubiera un mañana. La abuelita hizo una especie de panteones riquísimos, huevos de pascua, café abundante, un jamón cocido delicioso y ese pan austríaco que parece hecho por dios. Como colofón una copa de vino blanco. Y sólo son las 11:30 ¡mamma mia!
Con el pantalón, las botas de Astraco, la chupa de esquí, guantes y gorro me siento como un marciano y camino como un robot…
La madre de Lisi nos mira y suelta carcajadas, toda la familia está muy preocupada: no confían en que Lisi sea prudente con nosotros.
Nos acompaña Christina, su hermana y el peso de la responsabilidad es depositado en ella de manera unánime. Y eso que es más pequeña. Hace tres años, Christina tuvo un accidente de coche y quedó en silla de ruedas. Tiene 21 años y la sonrisa perenne. A día de hoy, entra y sale, vive y trabaja en Innsbruck, conduce su propio coche, tiene el chico más guapo del pueblo como novio y participa en competiciones de esquí. Es un auténtico ejemplo como persona y una tía estupenda.
La subida en funicular es espectacular, parece que no vamos a terminar nunca. El pueblo, con sus casas, sus personas, sus animales, vehículos, todo, se va haciendo cada vez más pequeño. No tengo vértigo ya que es una cabina de cristal cerrada. Al llegar a la cima siento una de las sensaciones más impactantes de mi vida: estamos rodeados de nieve y, hasta donde mi vista alcanza, de montañas nevadas. La estación es enorme, por doquier se ven esquiadores bajando por pistas que parecen no tener fin. Yo no esquío habitualmente pero me hago una idea de lo que puede sentir alguien que sí lo haga. Eso es un vergel para los locos de la nieve.

CÓMO ESQUIAR EN LOS ALPES CON DOS HERNIAS DISCALES Y SIN MENISCO Y NO MORIR EN EL INTENTO. DE HECHO, CONSEGUIRLO.
Lisi ha sido monitora de esquí en Innsbruck y aquí los niños nacen con un esquí debajo del brazo, así que nos comienza a dar nociones ante la divertida mirada de Christina que saca fotos y graba vídeos de nuestros patosos intentos de mantenernos en pie.
Es un alivio comprobar que ninguno tenemos ni idea y es frustrante corroborar que debería haber sido más deportista… Sin embargo, pese a las iniciales molestias en las rodillas, la tensión de las botas y la falta de equilibrio, cuando comenzamos a hacer alguna bajada las tornas cambian y la diversión hace que nos emocionemos.

Tras hacer algunas bajadas sin muchos percances -lisi está gratamente sorprendida-, subir en el remonte más tiesos que una vela y posar para que quede constancia que alguna vez esquiamos, paramos a beber una birra y a comer unas barritas energéticas en el bar de la estación.
Un poco después el grupo vuelve a las pistas otro rato, pero yo me quedo allí, cerveza en mano. Observo a un perrito que corre tras un niño pequeño por la nieve. El niño esquía como una bala y el perro no le alcanza, mueve el rabito y ladra. Es tan hermoso el paisaje, y la escena que tengo ante mis ojos tan divertida que intento hacer un 360º con la cámara para después montar en Photoshop y sentir de nuevo esa sensación, mezcla de incredulidad y satisfacción.
Cuando regresa la panda procedemos a regresar. Son las 16:00 y la estación cierra temporada hasta el año próximo. Nosotros quién sabe cuándo volveremos a calzarnos unos esquís.
La idea inicial al llegar abajo es tomar una caña en una especie de chiringuito que hay, y llamar a la madre de Lisi para que venga a recogernos. Pero ya se sabe que los planes siempre se alteran…
Tras unas cuantas birras, unos panes en forma de cara de cerdo -verídico- que son lo único comestible allí, unos chupitos y una charla bastante trascendental, nos ponemos en pie para irnos. Detrás de nosotros un grupo de adolescentes, que bien podrían ser de Soria por el aspecto, las formas y los hábitos, eructan y se pavonean delante de unas semimujercitas que les acompañan… ¿Yo fui así alguna vez? Espero que no...
Nos acercamos a la parada del autobús, por si acaso podemos volver en él, y mientras estamos cargando con los esquís, escuchamos una voz que se dirige a Lisi: es un amigo de su hermana, un austriaco campechano y borrachuzo, un autóctono de primer nivel. Cuatro horas más tarde tenemos que llamar a Ilse para que venga a rescatarnos. Yo he conseguido mantener el tipo porque voy escondiendo todas las copas que me piden por los rincones del bar pero Lisi y Pablo están alcoholizados. Carol también se mantiene más o menos.
Hice una apuesta con el amigo de Christina –no recuerdo su nombre-, me dijo que si yo me tatuaba la flor de Edelweiss, él se tatuaría unas castañuelas. Jajaja, sale perdiendo él, me temo. Me reí mucho con él y el resto de sus ebrios colegas.
Regresamos a descansar levemente y a ducharnos antes de nuestra última cena tirolesa. No mucho que resaltar en esta última jornada, yo estaba muy cansada y con el estómago regular, y apenas cené. Después fuimos al pueblo de al lado, que había una fiesta en una nave. De nuevo me parece estar en las fiestas de cualquier pueblo soriano: los mozos del pueblo junto a los niños y los abuelos, la música a granel, alcohol a mares y ese regusto familiar de provincianismo en las vestimentas, los modales y el ambiente en general. Yo voto por huir a casa ¡ya!
La nave donde se celebraba el guateque estaba situada justo al lado de un cementerio lleno de lucecitas rojas, velas llevadas por los lugareños por Pascua. Era chocante estar ahí, bailando y bebiendo tan cerca de los muertos. Me hizo recordar aquel vídeo mítico de Michael Jackson “Thriller”. De pequeña me encantaba.
Me fui a dormir nada más llegar al hotel. Los más trasnochadores Lisi y Pablo se fueron a la cocina dispuestos a comer unas salchichas y beber una cerveza más. Yo apenas leo tres páginas de mi libro, antes de que mis párpados me impidan ver nada más que mis sueños.
LUNES 9 DE ABRIL DE 2007
DE MATTRAI A MADRID, ATRAVESANDO LOS ALPES
Todo tiene un comienzo y un final. Y el final de nuestra estancia en el corazón de El Tirol ha llegado. Nos espera un periplo de 10 horas hasta que nuestros huesos maltrechos descansen en su lugar habitual. A la pena del regreso se suman unas incipientes agujetas, que mostrarán su cara más antipática al día siguiente, jornada laboral.
Comemos por última vez con la familia de Lisi, a las 12 de la mañana. Después tomamos café en silencio en la terraza del hotel. Al poco comienzan a llegar amigos de Lisi y a todos los motivos que tenía para querer quedarme más días, le sumamos otro moreno y de ojos verdes. He de decir que Carol lo vio primero y que yo había fichado a otro segundos antes, así que, para no pelearnos, decidimos que ella se quedaba a “El elegido” y yo podía optar por su hermano menor o bien por el que vi anteriormente. Compartir es amar. Je.
Llega la hora de partir, nos despedimos de todo el mundo, cargamos el equipaje y partimos hacia un pueblo de cuento, con un castillo enorme y multitud de casas de colores, donde un taxi nos recoge y nos conduce al aeropuerto de Munich. Conduce la madre de Lisi y su tía va de copiloto. Ambas mujeres charlan animadamente. Los chicos dormitan y yo, como siempre, voy embelesada con el paisaje y la música, escucho a ABBA y continuo sacando fotos hasta que me quedo sin batería.
La despedida en el pueblo del taxi, cuyo nombre no recuerdo, es muy emotiva. Ilse nos regala a cada uno un broche de la flor de Edelweiss y su tía nos invita a un helado. Nos besan y abrazan con mucho afecto. De Lisi qué decir… nos abrazamos fuerte y nos miramos a los ojos con pena pero sabiendo que pronto nos encontraremos, en cuanto termine esa tesis de 20.000 palabras que la tiene sujeta a Innsbruck con un hilo invisible. No sé qué hará después de eso Lisi, pero sí sé que haga lo que haga o vaya donde vaya, encontrará gente que la adore, será feliz, no parará de reírse y aprender cosas y derrochará energía positiva hasta donde alcance. Es un ser especial, un duende de las montañas con alma aventurera.
De nuevo los tres solos proseguimos el trayecto hasta el aeropuerto de Munich. Estamos cansados y tristes, el tiempo se nos ha colado entre los dedos sin que nos diéramos cuenta.
Sentada al sol, en la mesa de un restaurante de aeropuerto, saboreo el último bombón, y con él los últimos momentos en suelo extranjero antes de desplegar las alas y volar de nuevo, hacia mi minúsculo hogar madrileño, donde me esperan mi gata y la rutina hechas un ovillo en el sofá.

chipitadechiapas dijo
Uffffffffff, ufffffffffffffffffffff y ufffffffffffffffffffffffffffffffffffffff!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Pedazo de post! Tía, me lo he cargado entero. Está nublado, entra poca luz por mis ventanas y llevo cincuenta mil horas leyéndote en negativo. Levanto la vista, y al mirar a la pared, veo líneas negras bailando. No es coña.
Pedazo de viaje. Qué envidia me ha dado, en serio. Envidia cochina.
También he aprendido un nuevo refrán -espera, que lo busco-: “Jacobo, cuanto más alto, más bobo” jajaja. Y bueno, ya sé que no estás ni en Islandia ni en Groenlandia de vacaciones, sino en Soria, más cerquita :)
Voy a fumarme un cigarro y a mirar pa otro lao, a ver si me abandonan las líneas negras. Un besote!!!
P.D. Por el par de ovarios que he tenido, creo que me debes una mariscada!
19 Septiembre 2007 | 04:36 PM