Me despertó un resplandor húmedo que venía del piso de abajo, y un murmullo como de agua que decía mi nombre, susurrando. Al destaparme me dio un escalofrío gris y noté un olor de lluvia que salía de mi cuerpo. Comencé a bajar las escaleras despacio, reticente, como si con cada escalón que bajaba se confirmase un oscuro presagio. En el quinto escalón, donde ya tenía visibilidad del piso inferior, los indicios se convirtieron en certezas y en mi pupila se reflejó un oscuro nubarrón que se había metido, sin llamar al timbre, dentro de mi salón.

Mis ojos se llenaron de lágrimas como respuesta y, al caer sobre el agua que inundaba la tarima, hacían pequeños círculos que desaparecían al instante. El sofá, las sillas, la mesa pequeña del centro del salón flotaban por la estancia, moviéndose de un lado a otro como barquitos arrastrados por la corriente. Las revistas, los vinilos, las alfombras cuadradas y los adornos de las estanterías hacía rato que habían sido engullidas por las aguas. En el estudio, la estantería de pared de compartimentos cuadrados se había convertido en una especie de manantial, lleno de pequeñas cataratas que al llegar al suelo se convertían en un torrente, donde desaparecían haciendo un remolino los lápices, los cuadernos y cualquier objeto que flotara cercano. Yo miraba a mi alrededor sin terminar de creérmelo, estaba atónita, paralizada. El nivel del agua estaba subiendo y ahora ya empezaba a mojar mis pies. Me remangué el pantalón hasta la rodilla y me decidí a avanzar entre las aguas, con la idea de abrir las pequeñas ventanas del salón, que estaban casi a ras del suelo, para que sirvieran de sumidero improvisado.

Los objetos que habían sido absorbidos por las aguas me golpeaban las piernas, así que el trayecto que unía la escalera con las ventanas, de apenas seis metros, se me hizo interminable. Finalmente, decidí subirme a uno de los sofás y, usando como remo el palo de la fregona, llegar hasta mi destino. Desde mi improvisada barca miré el fondo del lago que se había formado en toda la estancia, y en mi garganta se ahogó un gemido de sorpresa: el fondo de mi salón estaba lleno de peces, nadando de un lado a otro junto a mis pertenencias. Eran de muchos colores, y aunque yo apenas entiendo, pues soy vegetariana, aprecié que había diferentes especies, algunas de ellas exóticas. Además, había algas, anémonas y hasta corales. Entonces, instintivamente, probé un poco de agua y ¡oh sorpresa!, era salada. Se me ocurrió que mis lágrimas podían ser la causa, y justo cuando empezaban a asomarme de nuevo la proa de mi navío chocó con el cristal de la ventana, dividiéndolo por la mitad con una larga grieta en forma de relámpago.

El teléfono había sonado varias veces desde las profundidades marinas de mi estudio, y ahora volvía a sonar insistentemente. Por fin conseguí abrir la ventana, con cuidado para no cortarme con el cristal. Entonces un chorro de luz inundó la estancia: afuera hacía un día precioso, no había una sola nube y una brisa cálida me acarició las mejillas. Una multitud de rayitos de sol se colaron al interior, formando un arco iris en la pared y sobre las aguas. Tenía medio cuerpo asomando por la ventana, dejando que el sol me calentara mientras pensaba qué iba a hacer, cuando noté una sensación extraña en las piernas. Alargué la mano hacia ellas de manera instintiva y me quedé petrificada: donde siempre habían estado mis piernas, ahora había una larga y gruesa cola de pez, plateada y escurridiza, cubierta de finas escamas que parecían cristalitos de colores. Me había convertido en una sirena, atrapada dentro de mi propia casa. Desconsolada empecé a llorar otra vez, y el nivel del agua acabó cubriéndome por completo. Así pasó mucho tiempo, y por fin me decidí a nadar como mi acuática condición me permitía, bajo las aguas. La tarima había desaparecido y en su lugar había una arena fina de color dorado; mis cosas convivían en armonía con la fauna y flora marina que había surgido: el sofá, como un galeón naufragado, se había destripado y por sus entrañas entraban y salían pececillos formando pequeños grupos, mi esponja de Hello Kitty había sido fecundada por una esponja marina y tenían una numerosa familia de pequeñas Kittys blancas, con un traje azulito y una margarita en su cabeza. Algunas eran más parecidas a su padre, es decir, más marinas, y otras con un lado exfoliante, como la madre. Poco a poco me fui adaptando a mi nuevo universo, y observaba todo entre divertida y alucinada. Cuando era niña soñaba, como todas las niñas, que me convertía en sirena y ahora ese sueño se había hecho realidad, aunque -pensé-, como todo en mi vida llegaba a destiempo. Escudriñé todos los rincones hasta que localicé mi teléfono móvil adherido a una pared de coral.

Marqué el teléfono de mi chico y cuando descolgó y escuché su voz, preguntándome extrañado por qué no había contestado a sus múltiples llamadas y sms, comencé a hablar atropelladamente, sin saber cómo explicarle lo que me estaba ocurriendo. Entonces me di cuenta de que mi voz no era tal, sino un murmullo ininteligible que formaba multitud de burbujas que nacían en las comisuras de mi boca. Rápidamente ascendí a la superficie y saqué la mitad humana de mi cuerpo. Mi casa ya no estaba: no había nada, sólo agua hasta donde mi vista alcanzaba. Estaba en mar abierto y ya no entendía nada. Mi novio insitía al otro lado de la línea: Amore, ¿qué ha pasado?, ¿Estás bien? ¡Dime algo! Yo no sabía cómo explicarle, ¿qué decirle?: -Nada cariño, que me he convertido en sirena y estoy en algún mar, llamándote con el móvil-, ¿cómo iba a creerme? Empecé a hablar y ahora mi voz era diferente, melodiosa, como un canto, ¡claro! Mi voz era el canto de una sirena. Llamaba a mi chico dulcemente, con una voz llena de ternura, con matices de pasión y un tono de insistencia que yo nunca antes me había escuchado. Él sólo dijo: voy enseguida, mi amor, espérame. Y yo esperé, pacientemente, escuchando embelesada el sonido de mi propia voz, hasta que perdí la noción del tiempo. De repente, a lo lejos, vi llegar una barca de madera a la deriva. Corrí, perdón, nadé, hacía ella y me asomé a su interior. Allí estaba él, dormido, con la barba enmarañada como si fuera un naúfrago. Le llamé suavemente y abrió los ojos despacio. Me miró con infinito amor y entonces comprendí que no tenía que explicarle nada. Le tendí la mano, me la agarró con firmeza y se lanzó al fondo del mar junto a mí, para siempre.